América Vuela
Agosto 8 ,2020

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Con la opinión de Héctor Dávila

Siempre lo tuve claro: no quería dedicarme a otra cosa en mi vida que no tuviera que ver con el vuelo. Y desde que llegó el momento de por fin entrar a una escuela de aviación, hace más de 30 años, también me quedó muy claro que ser parte de la gran familia aeronáutica no sería nada fácil. La carrera de piloto era (y es) muy cara, con las horas de vuelo en dólares asediadas por las constantes devaluaciones de nuestro pobre peso, pero mis compañeros no eran ricos, en general eran jóvenes cuyos padres, o ellos mismos, remaron contra corriente padeciendo muchos sacrificios económicos para lograr obtener las anheladas alas.

El mundo que nos esperaba era árido: siempre nos sermoneaban con que no habría trabajo para todos, y hasta hubo quien me describió a la aviación como una gran marrana con cuarenta marranitos, pero con solo catorce ubres, y todos esos marranitos éramos los pilotos novatos; así que si querías teta tenías que aventarte a pelear por una en el chiquero. En ese ambiente tan duramente competitivo se forjaron las personalidades más férreas, entusiastas y persistentes que he conocido, hombres y mujeres increíbles con inmenso valor y tanto amor por una profesión como no he visto en ningún otro lado.

La aviación que yo he vivido siempre ha estado en crisis, prácticamente todas las aerolíneas que conocí hace 30 años desaparecieron, pero otras tantas las sustituyeron, mismas que a su vez también se extinguieron y fueron reemplazadas por otras más, mientras que los ciclos de etapas de vacas flacas han sido muy frecuentes, ya sea por debacles económicas locales o mundiales, por guerra o pandemia, por errores políticos o empresariales; y he visto a casi todos mis amigos de este medio pasarla como una suerte de gitanos errantes, cambiando de residencia y posición social saltando de trabajo en trabajo, o más bien de avión en avión. La vida del aviador es inestable, y por si fuera poco también peligrosa, porque además, lamentablemente, puedo contarles de algunos amigos entrañables que dejaron el último aliento en un vuelo.

Pero a pesar de esa pléyade de vicisitudes y obstáculos siempre he visto a los aviadores volver al cielo, a los empresarios de la aviación arriesgar sus capitales de nuevo en la aventura de volar y a los técnicos retomar las herramientas, e incluso he sido testigo de muchos que cayeron en esta actividad por casualidad aferrarse a nuestra industria con increíble terquedad, porque creo que la aviación tiene "algo" que enamora con pasión, que llena el corazón de una rara cosa que lo expande de orgullo, que une a los que forman parte de ella en una especie de hermandad de alcance y miras superiores, que como decía el poeta, nos invita a vivir la vida de los héroes y sentir elegantes y gráciles los cuerpos, desplegando las alas majestuosas, dirigiéndonos allá, por la ruta dorada del crepúsculo, donde termina lo humano de la tierra y principia lo divino de los cielos...

Ahora la aviación vuelve a enfrentar horas oscuras, pero esta vez de la mano de una catástrofe global de inmensas proporciones que nuestra generación nunca había sufrido, pero la gente de aviación está templada en la fragua de innumerables y constantes retos. Desde los audaces pioneros, pasando por los legendarios exploradores del aire y los tesoneros forjadores de las rutas aéreas, hasta los temerarios conquistadores del espacio, la gente con mentalidad aeronáutica se ha ganado la admiración de todos por no saber rendirse y siempre pagar al contado el precio de hacer realidad los sueños más locos de la humanidad: volar, cruzar los cielos con seguridad y llegar hasta a la luna, pero más importante, hacer del mundo un lugar más pequeño y amigable, acercándonos los unos a los otros con asombrosa eficacia, convirtiendo a la aviación, indiscutiblemente, en el medio de transporte más importante del siglo XXI.

Las próximas semanas, y quizá por varios meses, la situación será bastante difícil para nuestra industria, no podemos negarlo, pero siempre después del incendio el bosque florece más fuerte y bello. El virus no podrá impedir que volvamos a volar y podemos estar seguros que la industria aeronáutica se recuperará, desarrollará nuevas tecnologías, protocolos y sistemas para no volver a ser tan vulnerable en un caso similar y seguirá siendo uno de los más finos ejemplos de la enorme capacidad del ingenio humano.

Los talentos de todos serán más necesarios que nunca, pero la resiliencia y vocación indestructible de los que aman el vuelo se impondrá ante todas las desgracias y se llenarán otra vez los cielos de esos milagros que hemos construido: aviones, helicópteros, planeadores, y hasta globos, trabajando sin descanso para el progreso y bienestar de todo el mundo. Pero sin olvidar con genuina humildad lo frágiles que somos como individuos, y reconocer la importancia de la fuerza que podemos tener si trabajamos juntos solidariamente.


Saludos

Héctor Dávila

 

Plane nubeEditAbril

 

 

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