América Vuela
Septiembre 20 ,2020

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Con la opinión de Héctor Dávila

Ante la entrada en funciones en México de la nueva Agencia Federal de Aviación Civil (AFAC), se revela como fundamental que la autoridad aeronáutica encuentre cómo garantizar la seguridad aérea con verdadera efectividad, especialmente frente al feo ejemplo de su colega norteamericana, la Administración de Aviación Federal (FAA por sus siglas en inglés), cuya imagen se tambalea por sus graves omisiones en la certificación del problemático Boeing 737 MAX.

La duda es inevitable: si la poderosa FAA ha fallado tan gravemente, ¿podrá una organización de recursos modestos como la AFAC ser eficiente?

Las limitaciones en recursos están muy de la mano de la corrupción, cosas que en conjunto son los peores enemigos de una autoridad aeronáutica, por eso es un gran avance que se esté sustituyendo en México a la obsoleta Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC) por un órgano más apto como la AFAC, que podrá aprovechar un presupuesto propio para desarrollar mejor sus funciones, con muchas áreas de oportunidad a la mano, incluyendo poder combatir con más efectividad las prácticas de corrupción que por tantos años han manchado el desempeño de las autoridades aeronáuticas.

Hay muchas formas de corrupción, una de ellas es la que se constituye por los trámites excesivos que entorpecen las gestiones, y otra igual de grave es la omisión y permisividad en los procesos que la autoridad debe supervisar celosamente, que es justamente el pecado cometido por la FAA y que la ha derrumbado del pedestal de credibilidad modelo que todos creíamos que la sostenía.

El caso del Boeing 737 MAX será la referencia fundamental para el estudio a nivel mundial de lo que debe o no ser la función de las autoridades regulatorias de la aviación y su relación con los fabricantes y operadores. Aunque como en todos los accidentes aéreos, el del vuelo 610 de Lion Air fue producto de una compleja cadena de sucesos y errores, el dictamen final publicado recientemente por las autoridades de Indonesia comprobó lo que ya todos sabíamos, que el meollo de la tragedia que desató una de las peores crisis de la industria aeronáutica en la historia fue el conocimiento deficiente, por parte de la tripulación, sobre el funcionamiento del Maneuvering Characteristics Augmentation System (MCAS) del avión, por culpa de la falta de información de Boeing hacia los operadores, pero más grave que todo, por la falla de la FAA en certificar rigurosamente todo lo relacionado con el maldito MCAS.

Los escándalos por la relación tan permisiva entre Boeing y la FAA, casi simbiótica y hasta malvada, son una verdadera vergüenza para la aeronáutica mundial, que siempre ha brillado como una de las más pulcras, exigentes y estrictas disciplinas, en la que no puede haber lugar para conductas mediocres que pongan en riesgo la seguridad de vuelo. El mundo le está dando la espalda a unas autoridades aeronáuticas y a un fabricante que se consideraban modelo a seguir, como prueba de lo costoso que puede resultar bajar la guardia en este negocio aunque sea un poquito, y para la FAA y Boeing queda enfrente un muy duro camino cuesta arriba, para poder recuperar el prestigio que se les estrelló junto con los 737 de Lion Air y Ethiopian Airlines.

En este entorno, para una autoridad como la nueva AFAC mexicana los retos no serán menores, pues hereda todas las cochinadas enquistadas por décadas en la DGAC, comenzando por una muy pero muy limitada capacidad  para la investigación y prevención de accidentes, donde un puñito de especialistas casi heroicos, con aún menos herramientas y recursos, tienen que hacer frente a una oleada insuperable de casos que atender. Simplemente el año pasado hubo 70 accidentes aéreos en México, y este año llevo contabilizados al menos 65, más un sinnúmero de incidentes, y es obvio que con una tasa de prácticamente un accidente en el país cada cinco días, es imposible investigarlos correctamente con los recursos humanos disponibles actualmente.

Esta problemática se nota claramente con el ejemplo del mediáticamente importante accidente del helicóptero Agusta, acaecido en Puebla el 24 de diciembre del 2018, en el que iban figuras prominentes de la política, y del que aún con la asistencia de expertos de Italia, Canadá y Estados Unidos, pese a que se detectaron ya algunas fallas que traía el aparato, todavía no se sabe qué carambas pudo haber causado que se estrellara casi invertido en ángulo de 60º; llevando la situación al nada cómodo extremo de tener que aplazar el reporte final del accidente, prometido para este mes de noviembre, hasta quizá finales del primer trimestre del próximo año.

Siempre se tiende a pensar que la corrupción en aviación es un problema estrictamente vinculado a autoridades incompetentes, y aunque sin duda sigue campeando la maldad en muchas comandancias de aeropuertos, y algunos inspectores deshonestos siguen francamente desatados, creo que también es justo que volteemos con mirada inquisidora hacia los no pocos particulares que han hecho un estilo de vida en la aviación mexicana haciendo todo chueco, desde comprando capacidades y licencias falsas, realizando mantenimientos incompletos, tráfico de partes falsas o rentando aviones irregulares, entre muchas prácticas deshonestas, y potencialmente peligrosas para la seguridad aérea.

Creo que la nueva AFAC debe concentrar importantes esfuerzos en encontrar la manera de romper el círculo vicioso que ha fomentado la proliferación de estas reprobables actividades; por ejemplo están esas muy cínicas empresa que se dedican a dar capacidades de aeronaves a pilotos y técnicos, las que obviamente no cuentan con el equipo de vuelo, simuladores o instructores necesarios y que creo que son de las que más daño han causado a la seguridad aérea en Mexico, pues cualquiera que vaya a uno de esos negocios puede salir como capitán del jet o helicóptero que le de la gana, con certificación DGAC.  Y para colmo, muchas veces habiendo obtenido una verdadera capacitación en un centro de instrucción de prestigio en el extranjero, de esos que llevan el "Safety" de a de veras en el nombre, los pilotos tienen que pasar a arreglarse con algún corrupto changarro mexicano, si no, no hay manera de obtener la capacidad correspondiente en la licencia. No por nada las irregularidades en las capacidades de los pilotos son casi siempre un factor presente en los accidentes aéreos en México. Ya es hora de acabar con esos bribones ¿no?

Por supuesto la lista de temas que tendrá que abordar la AFAC es muy larga, solo quise mencionar uno muy claro y a la vista, el que resolviéndose mejoraría notablemente la seguridad aérea y que considero que debe estar entre los prioritarios, esperando (y deseando) que la oportunidad de hacer un cambio verdadero no se deje pasar, para que se puedan elevar los estándares de seguridad de todas las formas de aviación. Pero esto no lo logrará el Gobierno por sí solo, se requiere del compromiso y la participación activa de toda la comunidad aeronáutica.


Saludos


Héctor Dávila

 

AFAC FAA

 

 

 

 

 

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