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Con la opinión de Héctor Dávila

Por ahí dicen que escasearon los bolillos para mitigar el susto que les dio a los de la aerolínea del Caballero Águila cuando se enteraron que Emirates siempre sí les competirá en la ruta a Barcelona. Poco les duró el sabor del triunfo de la exitosa presión que hicieron el año pasado para evitar que la aerolínea árabe disfrutara de la "quinta libertad" que el gobierno de Peña Nieto le regaló.
De inmediato el sobresalto se convirtió en coraje y los manotazos empezaron a volar, junto con amenazas de acciones legales, el refuerzo de la ruta en disputa a costillas de otras menos rentables y hasta cartita al Presidente, cortesía de los sindicatos, suplicando ayuda ante la catastrófica amenaza a sus fuentes de trabajo, que según ellos mismos, representará la llegada de la aerolínea arábiga.

De entrada, fuera de los círculos familiares de los que laboran en el Grupo Aeroméxico, gran parte de la opinión pública se decanta a favor de la libre competencia y castigan en las redes a la que de facto es la línea aérea bandera de México calificándola de ser poco competitiva, cara y con mal servicio, por lo que abrirse a otras opciones, según muchos, será bueno y para beneficio de los consumidores, de los que parece que los sindicatos de la empresa casi nunca se acuerdan, pues siempre que hay broncas se pelean con patrones y autoridades pero raramente vemos que dirijan una disculpa a quiénes más se deben: a los pasajeros (y oportunidades han tenido muchas, como el caso de los irresponsables de Durango o el de los borrachos de Madrid). Yo mismo debo decir que mis experiencias volando con ellos no han sido muy bonitas que digamos, especialmente por culpa de algunos sobrecargos muy desatentos, pero la situación no es tan simple como para decir que en Aeroméxico se sienten menos y no se consideran capaces de competir con la encantadora y lujosa Emirates, pues no hay duda de que en la empresa mexicana hay muchísima gente altamente profesional, y en muchas de sus áreas han sido siempre líderes, con plena capacidad para competir de igual a igual con cualquier aerolínea del mundo.

Dejando a un lado las percepciones de los usuarios, casi siempre subjetivas, de que si Aeroméxico es mejor o peor frente a la competencia, las razones que alimentan el enojo por la llegada de Emirates tienen más sustento de lo que parece. Independientemente de la jugarreta que el gobierno anterior orquestó congraciándose servilmente con los ricos jeques emiratíes, firmando un acuerdo otorgándoles el derecho de tomar y desembarcar pasajeros, correo y carga con destino o procedente de terceros estados (conocido como la quinta libertad del aire), lo que sin duda es por sí mismo tema de acalorado debate y probablemente una acción políticamente muy reprobable, el modelo de negocios de Emirates, que tiene mucha cola que le pisen, es lo que más preocupa a Aeroméxico.

Este modelo es considerado por muchos países como un esquema de competencia desleal, y aerolíneas como Air France, Air Canada, Lufthansa, Delta, United, American y Qantas han acusado a Emirates de ser beneficiaria de jugosos subsidios gubernamentales y de pagar tarifas aeroportuarias y combustibles a precios inferiores a los del mercado, además, por si fuera poco, de que no paga impuestos. Estos subsidios, junto con la operación de una flota integrada exclusivamente con aviones de cabina ancha (Airbus A380 y Boeing 777) y una fuerza de trabajo estilo "low cost" (o sea: sin sindicatos onerosos) le permiten a la línea del Cercano Oriente tener uno de los costos por asiento más bajos del mundo.

Por supuesto Emirates niega rotundamente beneficiarse de subsidios que puedan ponerla en el despreciable lugar de una competidora desleal y afirma pagar por el combustible lo mismo que sus rivales, además de que dice que contrata por todo el mundo a personal altamente calificado ofreciendo beneficios muy atractivos (y caros), lo que en realidad no le significa ahorros frente a lo que gastan otras aerolíneas. Emirates se queja con lágrimas en los ojos de que le tienen mala voluntad, que sus rivales no están contentas con su estrategia de posicionarse como una aerolínea global de mayor calidad totalmente orientada al servicio al cliente, por lo que se sienten amenazadas y le quieren poner el pie.

Por otro lado, resulta revelador que el gobierno de Trump llegó a un acuerdo desde mayo del año pasado con los Emiratos Árabes Unidos que allanó las diferencias que ambos países tenían desde hace años con respecto a las quejas por parte de American Airlines, Delta y United contra el uso de subsidios ilegales, en el que básicamente se respetaron las quintas libertades de Emirates en Estados Unidos, siempre que la línea árabe publique anualmente sus estados financieros auditados, pese a las rabietas de las aerolíneas estadounidenses. La bronca no es solo con Emirates, también Qatar y Etihad están en la lista de las más odiadas por las aerolíneas norteamericanas, pues se afirma que han recibido en conjunto subsidios por más de 50 mil millones de dólares en la última década, y también las consideran una amenaza a sus fuentes de trabajo.

Sin duda Emirates, con o sin trampas, es un rival temible, pero no es la única amenaza que acecha a Aeroméxico; las "otras" competencias, especialmente las nacionales, le están pisando fuerte los talones y hasta la rebasan, como Volaris que se jacta de ya transportar más pasajeros ¡y a la mitad de precio! Además de que se rumora que no la lleva muy bien que digamos con las autoridades mexicanas, y ni qué decir del daño que le ha causado la crisis del Boeing 737 MAX (de los que tiene 6 parados más pedidos y opciones por otros 54). Pero si de verdad llega Emirates, me parece que Aeroméxico aún tiene el gran atractivo del idioma y la cultura para seguir siendo la puerta de entrada de los mexicanos a Europa, lo que debe capitalizar al máximo y más que proyectar la imagen de tenerle miedo a este tipo de competencia sería bueno que fortaleciera la calidad de sus servicios, para lograr una mejor relación costo/beneficio para los pasajeros, que francamente hace falta.

Naturalmente las opiniones seguirán divididas, entre los que piden una política proteccionista para las empresas que cierre la puerta a la competencia que les parezca desleal o que crean que amenaza los empleos, y los que aprueban una política de cielos abiertos en donde, como en la guerra y el amor, todo se valga y los pasajeros sean los que más ganen con la masacre que resulte.

 

Saludos

Héctor Dávila

 

Emirates

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