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Con la opinión de Héctor Dávila

Hoy les voy a contar un Cuento:
   Había una vez un grupo de tres alegres amigos mexicanos en Madrid, integrado por Jorge y Miguel, a los que les gustaba mucho hacerle segunda a Arturo, que presumía ser de "mucho mundo" y era famoso por organizar las mejores parrandas. Por supuesto esta vez no sería la excepción y pues... ¿Cómo rechazar la propuesta del líder de salir de "marcha" al más puro estilo madrileño? ¿Con esa comida maravillosa a base de tapas y tanto buen vino?
   Así esa noche de abril la pasaron, como se dice por allá, en gran "cahondeo". A uno el whisky le cayó de maravilla para apagar más el estrés que la sed, a otro el vino le ayudó a olvidar un poco la depresión que lo atormentaba, y al último el licor simplemente le encanta. Obviamente la resaca fue monumental, tanto que la única forma de soportarla fue bebiendo más, y así intentar hacer más llevadero el largo regreso a México.
   Esto no hubiera tenido nada de extraordinario, ni de terrible, si no fuera porque los tres alegres compadres, con los ojos rojos y a pasos desgarbados, preocupados en cómo actuar mejor para que nadie notara su estado tan inconveniente, se dirigían al avión vistiendo los uniformes de la aerolínea Aerobandera, de la que eran nada menos que la tripulación a cargo del vuelo.
   De alguna forma lograron burlar a las autoridades españolas y el magnífico "Dreamslayer", decorado con la imagen del  "Caballero Azteca" en el empenaje, despegó hacia la inmensidad del Atlántico, con los pilotos aún algo enfiestados, mientras Arturo, al mando, siguió tomando en pleno vuelo con asombroso cinismo, llevando a su diestra a Jorge, algo callado, haciéndola de copiloto y atrás Miguel, tratando de dormir sufriendo los rigores de la "cruda", mientras las nubes envolvían al avión en la inmensidad del cielo. Vaya que es práctico el piloto automático...

Ese jueves once de abril transcurría muy tranquilo y rutinario en la oficina de las autoridades de la DGCAI, pues hasta el próximo domingo comenzaba la "Semana Mayor" y estaban disfrutando la calma previa a un periodo que se anticipaba de mucha actividad en la industria aérea. En eso entró apresurado el Inspector, gritando algo agitado: —"¡Comandante! ¡Tenemos un pitazo, en el vuelo 002 vienen los pilotos tomados!"
   El Comandante saltó de su asiento soltando los papeles que movía en una mano como si fueran un abanico y poniendo toscamente en el escritorio la taza de café que tenía en la otra. El corazón se le aceleró emocionado —¡Esta vez no se nos escapan!—pensó en voz alta.
   Aunque la Guardia Civil española ya le había echado el guante a un par de pilotos de esa empresa que intentaron volar ebrios, pese a varias denuncias anónimas acá no habían logrado agarrar a ninguno, y la burla de los esquivos pilotos fiesteros tenía furiosos a los funcionarios de aeronáutica.
   El problema de seguridad por culpa de algunos aviadores inmaduros e irresponsables afectos a la copa se consideraba ya muy grave, y no era nuevo, entre lo más delicado estaba el escandaloso problema de los pilotos de AeroConexión, que casi matan a un centenar de personas y que también la noche anterior al vuelo se habían ido de juerga, o los de Air Damocles, que en Cuba no habían desdeñado un solo mojito en la víspera a un vuelo en que también las cosas salieron mal; y ni recordar aquellos de Pinterjet que fueron denunciados por una sobrecargo a la que forzaron a emborracharse y acosaron durante la pernocta, por lo que la frustración de las autoridades tras estos y otro casos donde los pilotos infractores salieron impunes era ya como un globo a punto de estallar. La oportunidad no podía dejarse escapar y había ya que dar un escarmiento ejemplar.
   —¡Carajo! ¿Cómo es posible que haya pilotos tan irresponsables? ¿Volar alcoholizados? ¡Malditos! Llevan cientos de vidas en sus manos...— murmuraba el Comandante.

A toda prisa se montó el operativo, y con personal de Medicina Preventiva de Aeronáutica, con moderno equipo de control de alcholemia, se aprestaron en el Aeropuerto Internacional de la Gran Tenochtitlán para sorprender a los tramposos con una inspección de rampa.
   Todo estaba listo, justo a tiempo, cerca de las 19:30 horas, el "Dreamslayer" se enfiló a la pista cuando, ante la sorpresa de los agentes de la DGCAI, abortó el aterrizaje y se hizo al aire enfilando hacia el "alterno", en Acapulco, donde aterrizó tan pronto que las aturdidas autoridades no pudieron hacer nada para impedir que sus tripulantes se escabulleran, protegidos por amigos dentro de su empresa, los que actuaron más bien como cómplices, al simular una revisión médica sin arrojar datos concretos sobre su verdadera condición.
   Al capitán Jorge su pericia y audacia, tan grandes como su irresponsabilidad, le ayudaron a escapar con la sangre fría de un psicópata, importándole un bledo dar a los pasajeros el peor trato, con una bola de excusas tontas que nadie creyó: que si el desvío fue por falta de combustible, que si por una supuesta interferencia en la pista, que por esto que por lo otro, pero hasta que llegó una nueva tripulación pudo por fin el avión despegar hacia su destino original, a donde finalmente llegó de madrugada, muchas horas después de lo que estaba previsto, con docenas de personas a bordo decepcionadas y agotadas.
   El Comandante y su grupo de Inspectores, frustrados, lanzaron todo tipo de maldiciones. ¿Quién los habría traicionado alertando a los descarados pilotos? Quizá debieron recoger los celulares a todos los que sabían del operativo, como aquella vez que le cayeron a Aerocalaña y lograron agarrarla con las manos en la masa y comprobar las irregularidades necesarias para ponerla en tierra, pero como quiera que haya sido, una vez más los pilotos borrachos se habían salido con la suya. Los sinvergüenzas de Arturo, Jorge y Miguel seguramente festejarían con un brindis el éxito de su miserable fechoría, como si se hubiera tratado de una hazaña.
   Pero no lo disfrutarán por mucho tiempo —pensó el Inspector—pues la consigna es no permitir más que estos pilotos sigan poniendo en riesgo la seguridad aérea, y con todo y la protección de que han gozado este tipo de bribones por años por parte de algunos ejecutivos de las aerolíneas y del sindicato PROPELA, se les están siguiendo los pasos muy de cerca para, de una vez por todas, echarles el guante encima y darles un castigo ejemplar.

Por supuesto, cualquier parecido de esta historia con la realidad es mera coincidencia.

 

Saludos

Héctor Dávila

 

Vaso

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