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Con la opinión de Héctor Dávila

El presidente López Obrador decidió darle "cuello" a Proméxico, por considerar que esa dependencia, creada hace 12 años, duplicaba funciones de las áreas comerciales de las embajadas y le hacía la chamba a los representantes de negocios extranjeros en México, a un costo muy alto para lo que supuestamente se lograba.

Entre las cosas que más presumía Proméxico era que había impulsado un espectacular crecimiento de la industria aeronáutica nacional, llevándola a un nivel de representar más de 8 mil millones de dólares en exportaciones y dar empleo a casi 60 mil personas.
Vale aquí una pequeña aclaración: Lo que Proméxico llamaba industria aeronáutica es concretamente lo relativo a la manufactura y ensamble de componentes aeronáuticos, algo muy distinto a lo que conocemos como industria aérea, que es el transporte de pasajeros, carga y otros servicios mediante aeronaves. Dos industrias que tienen en realidad poco o nulo contacto una con la otra en este país.

El desarrollo en México de la manufactura y diseño de componentes aeronáuticos se basó en en la existencia de una industria de gran calidad, principalmente electrónica y automotriz, que podía ofrecer su capacidad, y muy especialmente su bajo costo, para atraer la maquila de las partes que requieren los grandes fabricantes de aeronaves.
A mí siempre me ha parecido que el gran crecimiento de la industria aeronáutica mexicana, de más del 12% anual durante los últimos 15 años, aún desde antes de la creación de Proméxico, ha sido principalmente de tipo orgánico, es decir, es un fenómeno natural que se debe en gran medida a las atractivas condiciones del bajo costo de la mano de obra nacional, la alta calidad de dicha mano de obra y su localización geográfica estratégica junto con los beneficios de importantes tratados internacionales de comercio de los que México es signante, condiciones que los grandes fabricantes mundiales de aeronaves y sus partes no podían ignorar, y no tanto porque Proméxico de verdad hiciera mucho por convencerlos.

Quizá no fui muy fan de esa organización porque pude ser testigo de muchas de sus malas prácticas y excesos, donde algunos de sus funcionarios fueron muy voraces, manejándola como su negocio privado y no vi que se hiciera algo realmente inteligente por establecer en México una verdadera industria aeroespacial, como la del exitoso caso de Brasil.
Para mí una prueba de la validez de este punto de vista es que la industria mexicana, en lo que a aeronáutica se refiere, sigue siendo principalmente de carácter maquilador para las firmas extranjeras que son las dueñas de los mejores complejos industriales y propietarias también de las patentes y diseños que se llegan a desarrollar, y por supuesto los ensambles finales de las aeronaves para las que se fabrican todos esos componentes se hacen en otros países.

Para comparar, el sector industrial aeronáutico mexicano, pese a presumir de gran bonanza, solo desarrolla un 5% de la cadena total de manufactura, mientras que en la industria automotriz nacional el nivel es de un muy sano 65%, cifras que nos dan una idea de que nuestra tan cacareada industria aeroespacial no se ha desarrollado realmente en la mejor dirección y es en realidad, como ya lo he sostenido, esencialmente de maquila al servicio de las firmas extranjeras que al final son las que ganan más.

En este contexto, pienso que las instituciones gubernamentales no deben enrolarse en el proyecto de diseñar y construir aeronaves (y mucho menos el Ejército), pues tanto en México como a nivel mundial ese modelo casi siempre ha fracasado, principalmente por el riesgo de falta de continuidad en los proyectos políticos (como muestra ahí está el botón del propio caso Proméxico) y en cambio una empresa privada, apoyada decididamente por el gobierno, incluso en parte con capital estatal pero en manos de la iniciativa privada, sería el mejor camino para desarrollar una industria de este tipo.

Pues bien, ya muerta y enterrada Proméxico, que para el mes de febrero tendrá que haber cerrado sus 46 oficinas alrededor del mundo, surge en el Aeroclúster de Querétaro una nueva iniciativa planteando conjuntar las capacidades de las empresas de manufactura aeronáutica de esa región, para crear una firma de capital nacional que pudiera encabezar los esfuerzos necesarios para establecer un proyecto de diseño e innovación tecnológica de aviación verdaderamente propio, con proyección de mercado a nivel mundial.
Con este objetivo en mente ya hasta está programada la visita de una misión comercial queretana a las sedes de Embraer en São Paulo y São José dos Campos, para conocer lo más que se pueda sobre la operación de la empresa brasileira y ver si se puede aplicar su exitoso modelo por acá en la tierra del Indio Conín.

No sé si la diversa y diseminada naturaleza de las empresas mexicanas dedicadas a  fabricar componentes aeronáuticos pudiera organizarse y unirse para favorecer la creación de una gran compañía nacional, que pueda trabajar con un rumbo claro hacia  poder convertir al País en una verdadera potencia aeroespacial, para dejar de ser los que ponen las tuercas y tornillos y en cambio ser los que aportan las grandes ideas y diseños, encabezando proyectos originales, pero sin duda el que haya quién quiera trabajar para que un sueño así pudiera hacerse realidad, es algo digno de reconocimiento.
Por supuesto creo que el Estado de Querétaro, por lo que ya implica en infraestructura en este rubro, es el mejor lugar donde pudiera germinar una iniciativa así.

Por otro lado, es claro que el entorno mundial y sobre todo las condiciones políticas que se viven actualmente en México son muy distintas a las que vieron el nacimiento de Embraer en Brasil hace 50 años, por lo que un proyecto así de ambicioso se pudiera percibir utópico, pero quién sabe, se vale soñar...

Saludos

Héctor Dávila

 

Foto: Embraer

FabricaEM

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