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Con la opinión de Héctor Dávila

Más allá del ramplón "me canso ganso" de que en tres años estará operando un aeropuerto comercial en Santa Lucía y de que el avión presidencial, junto con toda la flotilla aérea ejecutiva federal, ya está a la venta, el Presidente Andrés Manuel López Obrador inició su mandato con la promesa central de erradicar la corrupción, consigna que será el reto principal para las nuevas autoridades aeronáuticas de México.

La Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC) cerró el sexenio convulsionándose por su graves fallas y omisiones, las que vale la pena recordar junto con sus aciertos, que aunque suene difícil de creer los hubo, pues serán puntos de referencia medulares para la nueva Administración.

Empezando por las cosas buenas, lo más destacado es la actuación de la Dirección de Aeropuertos de la DGAC, a cargo de Maricruz Hernández, que logró estupendos avances en la certificación de aeródromos en el país, utilizando pocos recursos y apoyándose eficientemente en la ayuda de organizaciones externas como la OACI.
También destaca la labor que en su momento impulsaron los ex directores generales Gilberto López-Meyer, Alexandro Argudin y Miguel Peláez, para concretar la firma de gran cantidad de Convenios Bilaterales. Estos convenios, polémicos y muy criticados por otorgar en algunos casos Quintas y hasta Séptimas Libertades del Aire, han sido fundamentales para impulsar el comercio del país con regiones tan importantes como Asia, donde el transporte de carga y el turismo por vía aérea han crecido de forma espectacular en los últimos años, en gran medida gracias a dichos convenios. Las cifras de crecimiento dan fe de lo acertado de esas decisiones, y corresponde a las empresas mexicanas, sin tenerle miedo a la libre competencia, aprovechar lo mejor posible tal coyuntura y exigir los apoyos equiparables a los que gozan las aerolíneas extranjeras.

Es importante entender que para poder verdaderamente impulsar el comercio por vía aérea con regiones lejanas, como África y el Medio Oriente, es imprescindible otorgar este tipo de "libertades", pues los aviones no tienen en todos los casos los alcances para cubrir rutas tan largas de forma rentable, y esto es especialmente válido cuando hay que impulsar rutas incipientes que requieren del atractivo de poder aprovechar oportunidades de negocio en "terceros Estados", beneficios que, ante la amenaza que se vivió por parte de Estados Unidos de cancelar y modificar el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, era lógico que debían otorgarse.

Otro punto destacable es que la DGAC inició el importantísimo proceso de implementación del Sistema de Gestión de Seguridad (SMS), lo que empezó como algo muy bueno, aunque luego se dejó por apatía e incompetencia en algo medianamente bueno, pues su implementación se frenó mucho en el último año. Y aquí comienza lo malo...

La SCT falló terriblemente al no cumplir con la promesa de modernizar a la DGAC, aún peor, la dejó descomponerse hasta reventar el sistema, lo que se tradujo en niveles de corrupción e ineficacia altísimos, así como en una grave caída en la supervisión de la seguridad en las aerolíneas. Es increíble que Gerardo Ruiz Esparza, casi al momento de su salida, se atreviera a presumir en Twitter que dejaba la aviación comercial como la más moderna  y con la flota más joven, lo que le valió que lo tundieran en las redes sociales recordándole que ese logro no es atribuible a la dependencia a su cargo. Pero qué podemos esperar de un funcionario que ya quedó estigmatizado como uno de los principales símbolos de la corrupción y la ineficacia del gobierno de Peña Nieto. Reflejo de su aparente falta de respeto e interés por el subsector aéreo fue nombrar en la Subsecretaría de Transporte a gente muy ignorante en la materia, lo que por automático significó dejar eventualmente a la DGAC en las peores manos.

En el último año en la DGAC se disparó notablemente la corrupción: no solamente aumentó escandalosamente la proliferación de licencias y capacidades fraudulentas, sino también hasta el tráfico de plazas, lo que junto con muy poca capacitación, procedimientos poco claros o inexistentes y un trato despótico, ha dejado al personal de la DGAC empezar esta nueva etapa casi sin credibilidad y con una moral muy baja...

Claro ejemplo de esta descomposición fue el manejo de los accidentes de Global Air y Aeroméxico Connect, junto con el burdo intento por encubrir la verdadera situación de la seguridad aérea, donde la definición de "sesión de habilitación en cabina no autorizada con acompañamiento del capitán", dicha por parte de la Autoridad Aeronáutica con el beneplácito de las partes involucradas sentadas en la misma mesa, como para eludir reprobar con la energía requerida la indiscutible e irresponsable falta a la seguridad por parte de los pilotos, se ha convertido en la máxima vergüenza de la aviación mexicana. Por supuesto no se cumplió la promesa del ahora ex-secretario Ruiz Esparza de dar antes del fin de año un dictamen definitivo del accidente de Durango. Por eso y más estoy seguro que la administración de Luis Gerardo Fonseca pasará a la historia como la peor que ha tenido la DGAC.

Con tal panorama, menudo reto será dirigir los destinos de la aviación mexicana, pues estar al frente de la máxima autoridad aeronáutica se ha convertido en una especie de  "papa caliente", que implica de entrada la paradoja de algo así como "administrar la miseria", pues el gobierno saliente causó un daño terrible durante su gestión al negar en gran medida los recursos y estructura que la aviación tan urgentemente necesitaba.

El nuevo Director General de la Dirección General de Aeronáutica Civil, el Lic. Rodrigo Vásquez Colmenares, que se hace cargo de la ardua tarea desde esta misma semana (y aún desde antes en que estuvo trabajando de cerca con la institución organizando la transición), tendrá en principio que obtener los tan necesarios recursos, lo que con la política de austeridad del nuevo gobierno no será fácil, pero afortunadamente el propio Secretario de Comunicaciones y Transportes, Javier Jimenez Espriú, declaró en entrevista que se destinará mayor presupuesto a la SCT pues está consciente de que se dejaron muchos pendientes, y siendo Jiménez Espriú y su subsecretario Carlos Morán Moguel personajes con amplia experiencia en aviación, no pierdo la esperanza de que se haga la justicia que tanto merece nuestra industria aérea, fortaleciendo a la Autoridad.

Vásquez Colmenares tiene una ventaja única en su tarea, pues de entre los diez funcionarios que han encabezado la DGAC a lo largo de los últimos 25 años (y de los que he conocido a casi todos y me precio de ser amigo de la mayoría), es el único que durante su carrera ha estado en puestos dentro de varias aerolíneas "sufriendo" directamente lo que es recibir "los cariños" de la DGAC, y es obvio que conocer lo que es capaz de hacer "el monstruo" pudiera ayudar en mucho a domarlo...

No cabe duda que a nuestro querido México le hacía mucha falta un cambio; esperemos que éste sea real y por sobre todas las cosas para bien.
Coincido con el diagnóstico de nuestro nuevo Presidente de que la corrupción es el peor mal que nos aqueja, y esto ha sido especialmente válido en aviación. Pero para erradicarla no basta contar con funcionarios que cumplan con el perfil correcto de conocimientos, experiencia y honestidad, también se necesita que la iniciativa privada, que conforma la mayor parte de nuestra gran familia aeronáutica, se sume al esfuerzo.

Este es un asunto donde la única solución es con la participación de todos y la honestidad es un valor imprescindible en ambas direcciones, pero las autoridades tienen urgentemente que crear normas y procedimientos con los que denunciar a los corruptos realmente funcione, y no como hasta ahora, que ha reinado la impunidad.

La promesa la hizo el nuevo Gobierno, ahora veamos que se cumpla, pues como dijo la de la bici: "no tienen derecho a fallarnos"...

 

Saludos

Héctor Dávila

 

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