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Con la opinión de Héctor Dávila

El tema del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) se está desbordando por todas partes, insufrible, absurdo, inflado, omnipresente y fuera de control con la inminente consulta popular, al grado que ya molesta. Y molesta más que su inmensa sombra parezca oscurecer todos los demás temas que exigen ser atendidos en la aviación mexicana. Además, todo este circo del NAIM, junto con su ridícula consulta, ha sido manejado por el Presidente Electo y su equipo de una forma tan desconcertante, que ya ni siquiera se puede hacer un pronóstico confiable sobre su futuro, algo muy preocupante para la estabilidad del país, dado lo colosal del proyecto.

Ya sabemos que afectará irreversiblemente la ecología de la zona, especialmente a la población de aves y que dañará el equilibrio hidrológico, también sabemos que su costo se ha disparado 75% más de lo previsto y que seguro costará aún más, que la ejecución de la obra está muy atrasada, que con toda seguridad no alcanzará a ser puesto en servicio en el próximo sexenio y que su mantenimiento resultará carísimo, porque tenderá a hundirse.
Por otro lado sabemos que urge, que se está edificando en el mejor lugar posible, que cuenta con un abundante soporte en estudios serios de ingeniería, urbanismo y aeronáutica, que ya se ha gastado mucho en él y que cancelarlo costaría más de 100 mil millones de pesos y la credibilidad de todo un país ante los inversionistas del mundo.

El asunto sin duda se resolverá, ya sea que resulte un cuento lo de usar la Base Militar de Santa Lucía, sea genuina o no la loca idea de decidir qué hacer con él mediante una consulta a la que atenderá menos del 1% de la población o se tenga ya tomada una resolución caprichosa y autoritaria disfrazada de ejercicio democrático. Ojalá que esta controversia política se resuelva de la mejor manera para México...
Pero todo el reflector sobre la polémica del NAIM también ha traído algo de luz a una problemática que me llama poderosamente la atención y que es la de cómo se atenderán dentro del próximo Gobierno los demás temas aeronáuticos que están quedándose en el tintero, como son principalmente mejorar la seguridad aérea y rescatar e impulsar a la aviación general.

Y me preocupa porque Javier Jiménez Espriú, que al ser "destapado" como próximo Secretario de Comunicaciones y Transportes (SCT) declaró que impulsaría una reingeniería total de la aeronáutica civil, incluyendo el despegue de la aplazada agencia independiente para la Prevención e Investigación de Accidentes, con la manera en que se ha conducido defendiendo el proyecto aeroportuario lopezobradorista me hace ahora dudar sobre si verdaderamente tiene la capacidad, criterio y autonomía necesarios para resolver los retos que enfrentará TODA la aviación mexicana durante el próximo sexenio.

La seguridad aérea está comprometida por la pobre visión del actual equipo a cargo de la SCT sobre el tema, que se durmió en sus laureles pensando quizá que realmente no necesitaba una institución especialmente dedicada a la seguridad, pese a que la habían prometido. Sin embargo, con los últimos y muy graves accidentes e incidentes aéreos comerciales que se han sufrido, les estalló en la cara la necesidad real y urgente que hay por que exista un organismo así en México. Pero ya será el nuevo Gobierno el que tendrá la ineludible tarea de crear este organismo de una vez por todas y hacer que las autoridades de la Dirección General de Aeronáutica Civil (DGAC), que expiden los certificados y permisos que luego ellos mismos supervisan y sancionan, dejen de ser juez y parte en materia de seguridad aérea, y tendrán que hacerlo rápido porque la amenaza de una degradación de nivel de nuestra aviación por parte de Estados Unidos, como la que sufrimos hace 8 años, ya se cierne sobre nuestras cabezas cual espada de Damocles...

Con respecto a rescatar a la aviación general, me refiero a la urgencia de resolver una plétora de problemas que las autoridades han desatendido por años y cuyo principal efecto es que la flota aérea privada mexicana, que otrora era la segunda más grande del mundo, esté desapareciendo a un ritmo alarmante. En principio la aviación general ligera se ha ido pulverizando por lo terriblemente caro, complicado y turbio que es importar, matricular, mantener y operar un avión en este país, pero el efecto dañino ha sido tal que ya también afectó a los sectores "ricos" de la aviación, pues los dueños de los más lujosos jets ejecutivos tampoco han soportado las desventajas que nuestro sistema retrógrado impone y han optado por registrar sus aeronaves en Estados Unidos, aviones a los que se conoce como los "November", por la expresión fonética de la "N" con que comienzan las matriculas norteamericanas.
Es una vergüenza que gran parte de los aviones ejecutivos que han sido adquiridos por mexicanos en los últimos 10 años se operen en nuestro país bajo la simulación de que son extranjeros, para eludir a las engorrosas, corruptas e ineptas autoridades mexicanas, con lo que se han afectado muchas fuentes de empleo en talleres y refaccionarias, además de los millones en impuestos y derechos que se dejaron de percibir.

El Gobierno entrante deberá ocuparse de la apremiante labor de resucitar la casi extinta aviación ligera y revertir el éxodo de aviones corporativos mexicanos al registro estadounidense, creando un marco legal más amigable con la operación de aviones privados, modernizando a la DGAC y desarrollando métodos incentivos para los operadores. De no hacerse, corremos el riesgo de que un avión privado con bandera y matrícula mexicana sea una especie extinta, con los efectos en pérdida de empleos y fuga económica que esto conllevaría.

Y hablando de ser amigables con los aviones, justamente aquí el próximo Gobierno también tiene un reto en materia aeroportuaria, mucho más allá del odioso asunto del NAIM, y es que muchos de los aeropuertos del país se han vuelto casi incompatibles con la aviación general ligera y sus servicios asociados, ya que los costos se han ido más alto de lo que vuelan y los Grupos Aeroportuarios se han empeñado insensiblemente en cobrar a los talleres y refaccionarías cuotas por porcentajes en su facturación que son francamente leoninas, provocando la salida de estos pequeños negocios de los terrenos de las terminales aéreas. Y en este marco, por si fuera poco, en varios aeropuertos del país las autoridades se han convertido en feroces depredadores de los cada vez menos aviones privados; pero aunque Ud no lo crea no me refiero a las autoridades de la DGAC, si no a las aduanales, migratorias, policiacas y hasta sanitarias, que en distintas plazas acostumbran cobrar a los pilotos privados y ejecutivos de 300 a 1,000 dólares por vuelo a fin de dejarlos operar en paz, una práctica muy generalizada, símbolo de la horrenda corrupción que existe y que esperamos que la promesa del nuevo Presidente de erradicarla de verdad se concrete, pues los operadores ya tienen el vaso casi rebosado y estamos muy cerca de un gran escándalo que no podrá ser ignorado...

Cualquiera que sea el destino del proyecto del NAIM, y aún con la reducción casi total de la flota aérea federal que se ha planteado como medida de austeridad republicana, el equipo cercano especializado en Comunicaciones y Transportes de Andrés Manuel López Obrador sabe bien que la aviación general es un componente base de toda la aviación y una herramienta imprescindible del desarrollo económico, porque fueron parte de ella cuando ésta era mucho más grande y sana, y por eso mismo no sería justo que la olvidaran, ni que cayeran en el error garrafal de pensar que la única aviación que importa es la de las aerolíneas comerciales.

Saludos

Héctor Dávila.

 

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