958

Con la opinión de Héctor Dávila

Ya llegó octubre, mes que será definitorio para aclarar el destino del proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM), pues el día 28 de este mes ya se fijó como la fecha para realizar la consulta popular que nuestro Presidente Electo se ha empeñado en realizar para decidir, asistido por la "sabiduría popular", qué "sopa" nos darán, si los "fideos" de Texcoco o los "jodeos" de Santa Lucía.

Por abstracto que parezca, el equipo de Andrés Manuel López Obrador encargado del tema, encabezado por los ingenieros Javier Jiménez Espriú y Carlos Morán Moguel, insiste en poner al tú por tú un sofisticado desarrollo que ya está en curso, como lo es la construcción del NAIM en Texcoco, contra básicamente una idea, apenas un dibujo, que es lo de usar la Base Aérea Militar de Santa Lucía como aeropuerto comercial.
Independientemente de la confrontación de un proyecto descomunal, complejo, costoso y muy polémico como es la obra estrella (o estrellada) del peñismo contra la idea casi descabellada de su cancelación y sustitución de los lopezobradoristas, lo que es entendible en términos de política populista, resulta inconcebible que se esté prácticamente despreciando la opinión docta sobre el tema de toda la comunidad aeronáutica.

Y es que como se ha visto, todas, absolutamente todas las organizaciones relacionadas con la aviación en México, desde asociaciones hasta instituciones colegiadas, representantes de pilotos, ingenieros aeronáuticos, controladores de vuelo, aerolíneas y empresarios, se han manifestado decididamente en favor de la conclusión de la obra del NAIM y en contra de poner su destino en manos de una consulta pública, postura que por si fuera poco es apoyada además por los más importantes grupos de empresarios, ingenieros y hasta legisladores. Incluso organizaciones internacionales de la talla de la IATA y de MITRE se han decantado claramente en contra de dicha consulta y recalcando la que es prácticamente la única opción técnicamente viable y segura: la de terminar el NAIM justo donde se está construyendo.

Pero Jiménez Espriú y sus colaboradores actúan ante estas posturas de tanta densidad con total ceguera, ignorando a todos los expertos y pasándose de largo dando de bastonazos como un invidente que parece que sabe a dónde va pero que se dirige a una peligrosa encrucijada.
Al mismo tiempo que desestiman los alteros de documentos que se les han presentado en contra de la idea de Santa Lucía, todavía se gastarán 150 mil dólares (que no tengo claro de dónde saldrán) en un nuevo estudio sobre la viabilidad de adaptar la base militar para su uso como aeropuerto civil, realizado por "una organización especializada europea" que en el medio aeronáutico parece que nadie sabe de quién se trata y que estará listo en 15 días. Con este raquítico estudio como soporte pretenden realizar unos foros de discusión con "grupos opositores" y luego, ¡zas! realizar la consulta y que el pueblo decida...

¿Me pregunto qué pensarán realmente el ingeniero Jiménez Espriú y sus canchanchanes? Son personas con reconocida capacidad y conocimientos en aeronáutica y resulta muy difícil creer que realmente estén convencidos del plan aeroportuario de AMLO. A Morán Moguel le preguntaron directamente en un programa de televisión su particular opinión y se negó a darla, argumentando que estando en el equipo que impulsa la opción de Santa Lucía no está autorizado a emitir una opinión personal.

El proyecto del NAIM sin duda tiene sus flaquezas, pero es claro que lo que no quiere el que será nuestro Presidente a partir del primero de diciembre, es destinar los tremendos esfuerzos que requiere esta obra faraónica durante todo su sexenio para no poder siquiera inaugurarla y, principalmente, porque no será recordada como una obra de su autoría, sino como legado de Enrique Peña Nieto, pues no hay certeza de que se pueda terminar durante su mandato. Tanta discusión y escrutinio ya dio al traste con el avance de obra, que se dice que está progresando apenas a la mitad de lo que avanzaba hace unos pocos meses, cuando ya de por sí se apreciaban importantes retrasos en los trabajos.

Tampoco podemos negar que existen intereses económicos muy enredados detrás de los descomunales contratos, sea con el actual proyecto o con la posibilidad de construir una terminal en Santa Lucía, y en este contexto hemos visto a José María Riobóo, contratista predilecto de López Obrador, demasiado activo en la rebatinga por decidir el futuro del nuevo aeropuerto, esto sin ser aún nombrado como aspirante a algún cargo dentro del próximo gabinete. Pero esto no es conflicto de interés ¿o sí?

El desgaste e intensidad de trabajo y exposición que el tema del aeropuerto ha generado para el que está propuesto para ocupar el cargo de Secretario de Comunicaciones y Transportes ha sido extenuante, por lo que tras bambalinas se comenta que Jiménez Espriú ya se está agotando, y eso que aún no empieza realmente la chamba, particularmente porque parece que el puesto significa demasiado ajetreo para su edad, y que incluso ya estaría pensando tirar la toalla y pedir mejor el favor de que lo nombren embajador y pasarla a gusto, contento, lejos de tanto problema. La edad no es necesariamente una limítante para sacar con éxito un compromiso de Estado de gran magnitud, por ejemplo Churchill fue Primer Ministro por segunda vez a los 76 años de edad y ganó el premio Novel a los 78, mientras Trump (aunque no es precisamente ejemplo de buen dirigente) a sus 72 años está fuerte y muy activo; pero parece que por acá se le está yendo el aliento a los jamelgos que deben ganar la carrera del aeropuerto, y eso que aún no se da el pistoletazo de salida...

Por otra parte, López Obrador parece indescifrable e impredecible: en aspectos técnicos tan especializados como lo es la aviación se conduce de forma casi ilógica, no deja áreas grises y se va a los extremos que son tan malos como lo que quiere erradicar. Por ejemplo, no hay duda que ha habido un exceso y un terrible abuso en el gobierno con el empleo de aviones y helicópteros ejecutivos, tiene que moderarse en mucho esa práctica, pero deshacerse por completo de la flota aérea ejecutiva federal es una postura que resultará también inoperante. Es claro que el Gobierno que va de salida desperdició por completo el potencial del sistema metropolitano de aeropuertos que se puede armar con Toluca, Cuernavaca, Querétaro y Puebla, quizá de manera deliberada para acelerar el proceso de saturación del aeropuerto de la Ciudad de México, y también es cierto que el proyecto del NAIM se ha salido de control financieramente hablando y ha estado plagado de críticas por la forma en que se ha desarrollado y las dudas que ha despertado en cuanto a la honestidad en su manejo, pero la postura diametralmente opuesta que plantea AMLO es también muy preocupante.

La industria aeronáutica mexicana ha tratado de defender el único proyecto gubernamental que existe para ayudarle a plantearse un futuro mejor, pero parece que no lo está logrando del todo, no por falta de argumentos, sino por la cerrazón del minúsculo grupo pro cancelación del NAIM. La luz que parecía brillar iluminando un camino promisorio con un gobierno que parecía tomar en serio a la aviación y ponerla en manos de gente emanada de ella y con fuerte vocación aeronáutica, ahora parpadea estremeciéndonos con la posibilidad de apagarse y dejarnos otra vez a oscuras, como siempre...

Ojalá me equivoque, y que se termine el teatro y el fanfarroneo para que se imponga la razón y la aviación mexicana encuentre dentro de este nuevo Gobierno verdadero apoyo y guía inteligente, no sólo para resolver sus apremiantes necesidades de infraestructura, sino también para impulsar todo lo que le hace tanta falta para crecer ordenadamente y mejorar la seguridad aérea.


Saludos

Héctor Dávila.

 

 

Editorial

Archivo de Comentarios Editoriales