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Con la opinión de Héctor Dávila

 

Si, para variar, seguimos con lo mismo, con lo del Nuevo Aeropuerto Internacional de México...
Y es que me sigue preocupando que, pese a ser un tema estelar en todos los medios nacionales y estar boca de todos los actores políticos del país, la polémica se haya centrado básicamente  en la superficial y absurda premisa de si cancelarlo o no.

No hace falta repetir una y otra vez que costaría 180 mil millones cancelarlo, o que adecuar como aeropuerto civil la Base Aérea Militar de Santa Lucía es técnicamente inviable para convencernos, en el medio aeronáutico estamos más convencidos que nadie de que en verdad disponer de tal infraestructura es ya apremiante, y dados los muchos y muy bien soportados estudios previos, el lugar donde se está construyendo es el mejor que se pudo encontrar.

Lo que nos debería ocupar es un análisis más profundo de lo que está pasando con esta obra, es decir, interesarnos más por el contenido que por el continente, es algo más allá de escandalizar por los supuestos malos manejos de las cuentas y de los sobreprecios o de la mala calidad, técnica o moral, de algunos proveedores; me refiero a la preocupación de que no se están discutiendo a fondo los posibles efectos negativos de los aspectos que salen tras bambalinas en una obra de tan titánicas proporciones, y que son los que podrían amenazar la correcta operación del NAIM el día que entre en operación, cuando sea que eso ocurra.

Un ejemplo es el tema del entorno ecológico. El efecto de la obra sobre todos los terrenos del valle de Texcoco es innegable, como el descomunal consumo de tezontle de los cerros del Oriente del Estado de México, pues la extracción de éste y otros materiales pétreos, como basalto, tepetate y grava, están generando graves afectaciones a zonas como las del cerro de Tlatepeque y el de Tepozayo, cuyos habitantes podrían correr riesgos ecológicos que al parecer no han sido debidamente evaluados.

Con estos materiales ya se ha cubierto un área descomunal, de más de 5 mil hectáreas, pero según algunas voces cercanas al proyecto, no ha sido suficiente para garantizar que las nuevas pistas, con todo y el moderno sistema de pilotes que se ha fincado bajo ellas más cuatro capas de tezontle y tres de basalto, no se hundan cuando estén operando. En concreto, aunque existen soluciones de ingeniería suficientemente poderosas para resolver los problemas de subsuelo que afectan la obra, parece que éstas no fueron contempladas en el presupuesto original, ya que en la práctica el terreno ha resultado ser mucho más inestable de lo esperado.

De lograrse dominar el terreno sobre el que se construye el NAIM sería un logro de enormes proporciones para la ingeniería mexicana, y así esperamos que sea para bien del País. Sin embargo, la obra representa también una serie de posibles riesgos para la Cuenca de México y significará, casi irremediablemente, una pérdida grave de nuestra riqueza en fauna y flora, ya que con su operación se afectará el ecosistema de miles de aves, de unos 250 tipos diferentes, que en sus migraciones hacen escala en el lago para alimentase y reproducirse, además que estas numerosa migraciones de aves podrían también estar en conflicto con las trayectorias de las aeronaves.
Este es un tema que debería tomarse más en cuenta y encontrarse una mejor solución que la de aquel tristemente célebre ex Secretario de Comunicaciones y Transportes, Pedro Cerisola, quien según él  no habría problema, pues "ya lo había platicado con los patos".

Tanto o más grave resulta el potencial riesgo que correría la propia Ciudad de México, ya que, según estudios hidrológicos y geológicos realizados por la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) y revelados por su propio ex director, José Luis Luege, los terrenos lacustres del vaso del ex lago de Texcoco tienen una función regulatoria de inmensos volúmenes de agua de lluvia y drenajes, que han contribuido a evitar que se inunden importantes áreas de la zona metropolitana y además evitan mayor hundimiento del subsuelo. Según dicho estudio la construcción del NAIM, literal, representa un alto riesgo de inundaciones para la Ciudad de México, riesgos que según Luege fueron desdeñados por los responsables del proyecto, pese a que en su momento se les explicó tal problemática.

En fin, todo lo que he expuesto es tan solo una pequeña muestra de las múltiples y complicadas aristas detrás de un proyecto tan grande, cuyos peligros y fallas no sólo estriban en los posibles malos manejos de los dineros o las supuestas malas prácticas en la selección de los proveedores, si no también en obviar el estudio serio y la prevención de los efectos colaterales que puedan resultar. Así las cosas, hundimientos, inundaciones y daños a la ecología se suman a los actos de corrupción como las pesadillas que atormentan el sueño de tener en Mexico uno de los mejores aeropuertos del mundo.

Por tanto, cuando se habla de establecer comisiones para revisar el proyecto, creo que dichas propuestas deben ser tomadas como una importante oportunidad para analizar todas estas vertientes y a la luz pública buscar mejores y más prácticas soluciones a los problemas que van emergiendo con el avance de esta obra. Ojalá los políticos y burócratas involucrados lo vean así y no alerten sus fusiles, si no que se rindan ante la obligación que tienen con la ciudadanía de dar cuentas claras y resultados satisfactorios.

El que nada debe nada teme, y si  se ha hecho realmente el mejor esfuerzo para crear tan importante infraestructura, sin duda con el tiempo se reconocerá, pero los momentos políticos que vivimos exigen ya que se desglosen y aclaren todas y cada una de las dudas que han surgido.

Pero lo más importante, que el nuevo aeropuerto de verdad inicie sin contratiempos y con efectividad su operación en el 2020 como lo han prometido enfáticamente, pues de no ser así, entonces sí que "arderá Troya", pues la la aviación mexicana no puede seguir esperando más: el actual aeropuerto de la Ciudad de México ya está totalmente saturado y tan solo esperar un par de años por el nuevo ya implica un tremendo sacrificio en detrimento del estupendo crecimiento que han estado teniendo las aerolíneas mexicanas.

 

Saludos

Héctor Dávila.

 

Editorial3

 

 

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