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Autor: Con la opinión de Héctor Dávila

Tuve la fortuna de vivir el final de una gran época, cuando la aviación general ligera (la de avionetas pues) era la base de la aviación en México.
Entonces volar era fácil, accesible y abundaban los pilotos amateurs y deportivos, se organizaban caravanas y carreras aéreas, muchas de ellas memorables, así como las convivencias de pilotos conocidas como "Fly-Ins" que gozaban de copiosas y entusiastas asistencias.

Había muchos que no aspiraban a ser pilotos de aerolínea, ni a vivir del vuelo, sino "para el vuelo" y con su pasión crearon una de las flotas de aviones privados más grandes del mundo, que favoreció el desarrollo en México de una robusta industria de talleres, refaccionarías, escuelas y demás servicios conexos como no se ha vuelto a ver.

En ese medio conocí mucha gente extraordinaria, con los que construí una amistad perdurable y enriquecedora, con los que descubrí la verdadera esencia de la aviación. Amigos a los que me les uní en la Asociación de Pilotos Privados AC (APPAC), y entre los que había un grupo especialmente entusiasta que construyó el acogedor Aeroclub Deportivo "Felipe Salcedo" de Toluca, donde pasé muchos momentos verdaderamente deliciosos.

Pero en la vida lo más natural es el cambio, y parece que todo lo bueno algún día se tiene que acabar y en noviembre, con gran pesar, cerró sus puertas este Club, donde por más de 30 años se hizo aviación deportiva de a deveras.

Es irónico, el club estaba en un aeropuerto donde ya no son bienvenidos los aviones pequeños (ok, las avionetas pues). Pero, aunque triste, también es lógico, este tipo de pilotos no son negocio, no pueden pagar hangares de lujo, ni servicios aeroportuarios caros, no se dejan de los talleres abusivos y ni siquiera son "clientes" atractivos para autoridades corruptas, son pues, a ojos de todos los demás, un simple estorbo.

El asunto es darwiniano, este tipo de aviación no puede sobrevivir en un mundo así, no se puede adaptar a los cambios que ha impuesto el gran crecimiento de la aviación comercial, que ha generado un campo de visión que deja en zona ciega a los pilotos privados. Incluso el término se ha degenerado y es común que la gente piense que un piloto privado es aquel que vuela un avión ejecutivo (el cual es un piloto comercial) y no el que vuela sin percibir pago y por lo general en su propio avión (si por eso, avioneta, pa que me entiendan).

Nos hemos pasado muchos años discutiendo los mismos problemas como causas del declive de la aviación privada, de por qué ha disminuido el interés de las nuevas generaciones por el vuelo recreativo en México, y siempre acabamos echándole la culpa al gobierno.

Ojeando revistas aeronáuticas de hace 50 años, con artículos del célebre periodista Manuel Ruiz Romero, encontré sobre el problema los mismos señalamientos que repitió hace 45 y 35 años, o que yo mismo esgrimí hace 25, 20 y 15: no hay apoyo oficial para la aviación privada, se le acosa con trámites excesivos, los aeropuertos no son amistosos con este tipo de aviones (ya se, avionetas), no hay incentivos fiscales, se les cobra y trata como si fueran comerciales, etc, etc, etc.

Pero quizá la forma de salvar de la extinción a esta ya rara especie de aviación sea con un enfoque diferente: crearle santuarios, alejarla de los grandes aeropuertos, que no conviva con la aviación ejecutiva y comercial que tanto le hacen sombra, que tenga su propio ecosistema y se aprovechen las nuevas tecnologías para darle difusión.

La idea no es mía, me la dio el propio Director General de Aeronáutica Civil, el CTA Miguel Peláez, cuando recientemente tuve la oportunidad de expresarle, o más bien casi llorarle, mi preocupación por la suerte de este tipo de aviación.
Quizá tiene razón, hemos intentado por muchos años un tratamiento que no ha funcionado, creo que hay que buscar un nuevo diagnóstico, estudiar los pocos pero sustanciales casos de éxito que existen, como los que han logrado algunos pilotos privados en Jalisco y Nuevo León y tratar de crear un modelo que se adapte a la realidad.

Aún tengo esperanzas. Tal vez sea posible el milagro de que la aviación privada ligera se recupere, y aunque en esta nueva era quizá no pueda volver a ser la base y semillero de talentos que otrora fue para la aviación comercial, al menos pueda volver a ocupar el lugar que merece dentro de la comunidad aeronáutica mexicana y sobre todo, que vuelva a ser una experiencia accesible, segura y feliz el volar una avioneta (¡que se dice avión ligero chin!).



Saludos

 


Héctor Dávila

 

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Tiempos felices en el Aeroclub "Felipe Salcedo" de Toluca.

Club

 

 

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