América Vuela
Noviembre 13 ,2019

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Por Héctor Dávila

Para muchos, el avión se está convirtiendo en uno de los más nuevos  y temidos villanos que amenazan al planeta tierra, al grado que en varios países ya se han desarrollado movimientos sociales para desalentar su uso, como el "flygskam" en Suecia, que es algo así como "vergüenza de volar" y al que se atribuye que en ese país la demanda de pasajes aéreos cayera este año casi un 10%.

Esto se debe a que en los esfuerzos por revertir los terribles efectos del cambio climático parece que la aviación se escapa de aplicar medidas efectivas, pues todo mundo coincide en que la tecnología necesaria para desarrollar aviones comerciales competentes propulsados por energías alternativas está a décadas de distancia, y el vuelo ya se considera un medio de transporte muy "cochino", que arroja millones de toneladas de contaminantes a la atmósfera.

El debate de este tema es delicado, pues tratar de minimizar el papel contaminante de la aviación puede resultar como aceptar la chamba de "Abogado del Diablo", en un mundo en el que ya no es políticamente correcto impulsar el uso de combustibles derivados del petróleo, pero poner las cosas en la perspectiva correcta es muy importante, sobre todo para no exagerar y satanizar a la industria aérea.

Es cierto que la aviación es prácticamente la única fuente de contaminación por uso de combustibles fósiles en las partes altas de la atmósfera, y que es responsable quizá hasta de un 3% de los gases de efecto invernadero, dióxido de carbono y otras partículas contaminantes. También es cierto que la industria aérea se le ha escurrido de las manos a los reguladores internacionales, que han fijado los estándares mundiales para evitar que el cambio climático mundial supere los 2ºC en este siglo.

En contrapunto la industria aeronáutica ha eficientado tremendamente su consumo de energía, tanto que en los últimos 40 años la eficiencia de los motores de aviación mejoró un impresionante 130% y el número de pasajeros transportados aumentó 42% globalmente, con estimaciones de aumento en la cantidad de contaminación emitida por los aviones de apenas un 5% en todo este tiempo, mientras que en regiones como Europa, en los últimos 20 años el número de pasajeros aéreos creció 60% y la cantidad de combustibles de aviación consumidos disminuyó más de 25%.

Entonces, si la aviación ha mejorado tanto la eficiencia en sus fuentes de poder y el porcentaje de contaminación que emite es tan bajo ¿por qué tanto argüende?  Bueno, pues resulta que la aviación se estaría convirtiendo en el futuro cercano en una de las principales fuentes de contaminación, pues de seguir así, para el 2035 en que se espera que se duplique el número de aeronaves y se lleguen a transportan por vía aérea 8 mil millones de personas (lo que equivale a la población mundial actual) estaría esta industria produciendo nada menos que una cuarta parte de toda la contaminación atmosférica en el planeta. En pocas palabras, no es tanto que la aviación contamine demasiado, sino que está creciendo mucho.

Casi todas las industrias están encontrando alternativas para adherirse al cumplimiento del Acuerdo Climático de Paris, pero la aviación no puede evolucionar tan rápidamente hacia otras energías más limpias y mantener su actual desempeño. Los desarrollos de biocombustibles (o mejor dicho agrocombustibles) son una opción complicada y su implementación va a pasos bastante lentos, mientras que su eficiencia, costo-beneficio y sustentabilidad aún hacen cuestionable su viabilidad. Por otro lado, la tecnología de motores eléctricos, que fácilmente se está adaptando al transporte terrestre y marítimo, en el aéreo enfrenta problemas de peso, seguridad y propulsión que no hacen factible pensar en que pueda haber aviones comerciales prácticos con motores eléctricos antes del 2045, y estos solo servirían para rutas cortas y volarían a velocidades de "hélice".

Con este panorama a la vista parece que hacer de la aviación una industria "limpia" implica superar retos descomunales, casi imposibles de sortear a corto plazo, por lo que se teme que no podrá ir a la par del ritmo del compromiso de las demás industrias para tratar de salvar al mundo.

Esto no quiere decir que la industria aeronáutica esté totalmente cruzada de brazos, ya se fijó el propósito de detener el volumen de emisiones contaminantes de los aviones para el 2020 e implementar medidas para mejorar la eficiencia en el consumo de los motores al menos un 2% anual, a partir del 2021, pero el nivel de crecimiento de la demanda en el transporte aéreo amenaza con despedazar el efecto de estas medidas.  También se ha propuesto que las aerolíneas "compensen" por la contaminación que generan con acciones como financiar la siembra de árboles, y aunque compañías como Virgin Atlantic lo han intentado, los obstáculos políticos y económicos que se han encontrado no han dejado ver esta propuesta como algo funcional. Básicamente en esta idea se concentra el programa mejor orientado para bajar la contaminación aérea implementado por la Organización de la Aviación Civil Internacional (OACI) entre sus 191 miembros, llamado CORSIA (por Carbon Offsetting and Reduction Scheme for International Aviation), que consiste en fondear actividades de reforestación y otras acciones reductoras de emisiones de carbón, a través de invertir un 2% de los ingresos de la aviación comercial a nivel mundial, pero el acuerdo CORSIA no entrará en efecto hasta el próximo año y no será obligatorio sino hasta el 2027, siendo un programa que ha sido muy criticado por su poco alcance y calificado de "apenas un paso muy tímido".

Ante esta problemática se ha propuesto un remedio muy radical: dejar de volar. Así es, muchos activistas consideran que la solución es evitar que la aviación sea tan accesible, que se graven las tarifas aéreas con impuestos altos para hacerlas menos atractivas y que se supriman las clases "de primera" para que el volumen de contaminación por pasajero transportado baje. Incluso ven con muy malos ojos a la aviación privada, por el alto nivel de contaminación por pasajero que dicen que produce.

Por todo el mundo se están corriendo las voces de activistas buscando convencer a los pasajeros de recurrir a transportes terrestres menos contaminantes, como una forma de reducir la llamada "huella de carbón individual" y contribuir a salvar nuestro planeta, algo que en algunos países está encontrando más eco que en otros, como en el caso que mencioné de Suecia, donde la presión social ya logró reducir los pasajeros aéreos y aumentó los de los trenes.

Quién hubiera pensado que un invento como el avión, que ha contribuido innegablemente al desarrollo de la humanidad acercándonos en todos los sentidos, impulsando el crecimiento económico y el intercambio cultural con mayor rapidez que ningún otro medio de transporte, llegara a ser visto como una amenaza tan grave para la vida en la Tierra. Pero estoy seguro que lo mejor del ingenio humano, el mismo que hizo posible el milagro de volar, encontrará la manera de hacer del vuelo una actividad totalmente compatible con el compromiso de cuidar la ecología y disipar las amenazadoras sombras del calentamiento climático. Pero en lo que sin duda tienen razón los ecologistas es que la industria aérea tiene que reaccionar a la de ya, con medidas más efectivas para abatir los índices de contaminación.

Edit04oct