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Por Héctor Dávila

Hace 73 años, el 18 de noviembre de 1945, se apearon de los vagones del tren en la estación de Buena Vista casi 300 soldados, los que recibieron una bienvenida apoteósica, y no era para menos, se trataba del contingente de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana (FAEM) que retornaba tras cumplir su misión en la Segunda Guerra Mundial.

Por muchos años corrió el mito de que el Gobierno había hecho esperar a los veteranos en los vagones por un par de días para hacer coincidir su regreso triunfal con el desfile cívico-militar del 20 de noviembre, conmemorativo de la Revolución Mexicana, pero la verdad es que fue al revés y este festejo se adelantó para convertirse en un memorable evento, en que los miembros de la FAEM desfilaron por la Ciudad de México junto al Cuerpo de Veteranos de la Revolución, jinetes de la Asociación Nacional de Charros y deportistas, bajo vítores y una copiosa lluvia de confeti y serpentinas, hasta llegar a la plancha del Zócalo, donde se les rindieron honores, se hizo un minuto de silencio por los caídos después del bailable "los Girasoles", a cargo de estudiantes de secundaria, y se incorporó su bandera a la Sala de Banderas del Cuerpo de Defensores de la República.

Entre estos militares había 28 pilotos de los 35 que originalmente integraron el Escuadrón 201, unidad de combate de la FAEM, pues 7 murieron en la aventura bélica, todos en accidentes (dos en Estados Unidos y 5 en Filipinas) pese a que se han difundido versiones sin sustento documental de que uno de ellos fue derribado, y entre los que tuvieron la fortuna de regresar a la Patria figuraba el entonces teniente Carlos Garduño Núñez.

Carlos Garduño, quien alcanzó el grado de Coronel en su posterior carrera en la Fuerza Aérea Mexicana, donde destacó como piloto presidencial y del Banco de México, tiene ahora la distinción de ser el último de los pilotos sobrevivientes del Escuadrón 201 de la FAEM. Aunque aún sobreviven unos cuantos miembros del personal de tierra de esta unidad, generalmente no se les considera combatientes al nivel de los pilotos, los que obviamente fueron los que realizaron las riesgosas misiones de ataque, pero vale la pena destacar que un grupo de elementos del personal de tierra de la FAEM sostuvo escaramuzas con soldados japoneses en las inmediaciones del campo Porac, en Luzón, donde tenía su base el escuadrón.

Sin embargo he tratado, sin éxito, de ubicar otros pilotos iberoamericanos sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial, pero parece que ya no quedan entre nosotros veteranos del Grupo de Aviación de Caza brasileño que peleó en Italia, ni de los españoles de la Escuadrilla Azul que lucharon en Rusia, ni voluntarios argentinos o mexicanos de los que se unieron a la guerra en uno u otro bando, por lo que puedo concluir que nuestro "héroe" es, casi con seguridad, el último piloto iberoamericano sobreviviente de aquel descomunal conflicto.

Y casi no lo logra... El coronel Garduño fue de los que menos misiones voló, pues pese a ser de los pilotos más experimentados y Comandante de la "Escuadrilla B", tuvo un encuentro cercano con la muerte en una de las primeras misiones, cuando su imponente caza-bombardero P-47D Thunderbolt, hinchado de combustible, con 500 kilos de bombas colgando bajo las alas y miles de balas de media pulgada para sus 8 ametralladoras (el P-47 es un monomotor tan pesado como un DC-3), le falló en el momento más crítico del despegue, yendo a terminar al final de la pista envuelto en una aterradora bola de fuego. Las lesiones y quemaduras que sufrió fueron muy graves, incluso sus compañeros temieron que no sobreviviría y que mínimo no volvería a volar, pero el destino juega raro a las cartas y fue Carlos Garduño quien vio partir en su "último vuelo" a todos los demás.

Tuve la oportunidad de entrevistar a muchos de los miembros del Escuadrón 201, incluido a Carlos Garduño, y cultivé la amistad de varios de ellos, como Amadeo Castro Almanza, que me contó la inusual experiencia que tuvo de pilotear un caza japonés Mitsubishi Cero capturado; o Miguel Moreno Arreola, que me detalló cómo pintaron la mascota del escuadrón (el Pancho Pistolas de Disney) en el ala de un avión a modo de entrada a la Base en Porac; el propio Garduño me platicó aspectos técnicos de volar un caza de aquella época, como cuando usó la potencia de emergencia para ganarle a un P-38 en un combate simulado; o como Joaquín Ramírez Vilchis, que me relató el racismo del que fueron objeto en Texas durante su entrenamiento, donde había restaurantes que no permitían la entrada ni a negros ni a mexicanos, una paradoja terrible de un mundo absurdo, en el que se pedía que hombres justos pelearan por defender una libertad que no disfrutaban del todo.

Creo que es un error glorificar la guerra y me preocupa ver que a los ojos de los jóvenes se distorsione la esencia de la conmemoración de los hechos bélicos. En Hiroshima se recuerda el 6 de agosto para hacer conciencia de que no debe repetirse algo tan horroroso como el bombardeo atómico, y Volgogrado vuelve a llamarse Stalingrado una vez al año para conmemorar la resistencia de una ciudad heroica contra un invasor despiadado y concientizar a las nuevas generaciones sobre los atroces sufrimientos que el fascismo y la intolerancia son capaces de provocar.

En México ente 1939 y 1945 afortunadamente no se sufrieron ni remotamente las carencias ni las pérdidas humanas que la mayoría de los países beligerantes tuvieron que enfrentar, por lo que insisto que no debemos caer en el error de recordar nuestra participación en la guerra como un "manto de gloria para las armas nacionales",  si no por él contrario, como una tragedia que no debe repetirse, de tal vorágine que incluso arrastró a nuestro país y en la que, afortunadamente, su intervención fue prácticamente simbólica.

La FAEM fue una fuerza pequeñísima dentro del voluminoso esfuerzo bélico mundial, y gracias a Dios que fue poca la sangre mexicana derramada. Algunos historiadores atribuyen a la sagacidad del presidente Manuel Ávila Camacho el reducir al mínimo posible el número de mexicanos que fueron a la guerra, al elegir a la Aviación como nuestro representante y dilatar deliberadamente los envíos de elementos para engrosar las filas de la FAEM, mientras que otros piensan que fue la típica burocracia e ineptitud del gobierno mexicano la que azarosamente retrasó los programas de adiestramiento. Lo cierto es que debido al fracaso en el programa de reemplazos, el Escuadrón 201 quedó orgánicamente incompleto, tras la pérdida de 20% de sus pilotos calificados, y no pudo ir a combatir a Okinawa junto con la unidad norteamericana a la que pertenecía (el 58avo Grupo de Caza de la 5a Fuerza Aérea), por lo que nuestros pilotos "se quedaron con las ganas" de medirse en combate aéreo contra los cazas japoneses, conformándose con las menos glamorosas misiones de apoyo cercano a las tropas durante la fase final de la liberación de las Filipinas. Como resultado de estas acciones, alrededor de 60 misiones de ataque a tierra durante dos meses (se dice que volaron al menos 90 misiones, pero de esas 37 fueron de entrenamiento en zona de combate), se ha generado y repetido una y otra vez que los pilotos mexicanos aniquilaron a 30 mil soldados japoneses, algo que afortunadamente es una gran mentira, pues el número de japoneses muertos por acción directa del enemigo durante toda la campaña de Filipinas (que duró casi un año) fue de alrededor de 85 mil, según estimaciones del Ministerio De Salud y Bienestar del Japón, ya que 80% de los 420 mil muertos sufridos en esa región fue a causa de las enfermedades y la desnutrición, por lo que es imposible que con 25 pilotos, que rara vez volaron más de 8 a la vez, se causara tanto daño en tan poco tiempo.

El mito se propagó porque el general McArthur, en su agradecimiento a México por su participación en la guerra, mencionó que la FAEM contribuyó a la eliminación de 30 mil japoneses, pero se refería a que durante la fase final de esa campaña se anuló ese número de enemigos entre todas las fuerzas aliadas y que los mexicanos, con las decenas de soldados japoneses que quizá pusieron fuera de combate, habían contribuido, pero obviamente no eran los únicos responsables de toda esa matanza.

Y afortunadamente porque, además de que ya es políticamente incorrecto hablar de matar enemigos nipones y hacer ese tipo de señalamientos racistas y xenofóbicos, Japón siempre ha sido un país amigo de México al que solo ha aportado cosas buenas, mientras que la comunidad japonesa en este país, a la que conozco bien y entre la que tengo entrañables amigos desde la infancia porque estudié en una escuela japonesa, es de las más educadas, decentes  y trabajadores que hay. Como testimonio existe en la ciudad japonesa de Onjuku una escultura preciosa del maestro veracruzano Rafael Guerrero llamada "El abrazo", y que es un bellísimo monumento erigido para celebrar la verdadera amistad que hay entre los dos países.

Y por favor no se me interprete mal, si bien repudio la glorificación de la guerra tanto colectiva como individualmente y creo que lo único feo de la aviación son los bombarderos, creo también que la experiencia personal de los que fueron a ella es rescatable, pues personas como Carlos Garduño acudieron a un llamado superior enfrentando peligros reales, muy personales y cercanos, embarcándose en lo desconocido, dejando a sus seres queridos en la peor de las incertidumbres, incomunicados en aquellos tiempos en que los medios de comunicación eran tan lentos y limitados que las nuevas generaciones no alcanzarían a comprenderlo.

Don Carlos Garduño cumplió con su deber junto con todos y cada uno de sus compañeros de armas, con la convicción de que defendían causas justas, en medio de un mundo enloquecido por una maldad aterradora, que sesgó millones de vidas, la inmensa mayoría víctimas inocentes.  La memoria de todos ellos merece que se derriben los mitos y se humanicen las historias para que la sigamos sintiendo viva y nos inspire, no para hacer apología de la violencia, sino para reprobarla con mayor resolución.

Yo tuve el privilegio de convivir con muchos de esos ahora legendarios pilotos, cuando además estaban en plenitud de facultades, y pese a que la guerra los marcó para siempre, puedo asegurar que su lado humano y su esfuerzo por contribuir de maneras constructivas al desarrollo y bienestar, no sólo de su país, sino de toda la humanidad, los distinguió mucho más que arrojar bombas y esquivar la artillería antiaérea.

Mi coronel Carlos Garduño Núñez es ahora el solitario portador del estandarte de todos esos pilotos extraordinarios, de guerra si, pero principalmente de paz.

 

Foto: El Coronel PA Carlos Garduño Núñez, acompañado del Autor, recibiendo un reconocimiento en AeroExpo. (Archivo América Vuela)

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