1928

Por Héctor Dávila

Hace 70 años y unos meses se acalló el clamor de la Segunda Guerra Mundial. Un conflicto terrible, pero desgraciadamente no el último. Hoy la sombra de la guerra sigue oscureciendo muchos lugares de la tierra, los aviones siguen usándose, tristemente, para bombardear con mayor poder, precisión y velocidad de lo que cualquier piloto de aquella época quizá imaginó. Pero aunque los nuevos guerreros del aire buscan justificar el uso de sus bombas enarbolando causas justas, como la lucha contra el terrorismo, francamente las cosas han cambiado mucho. Los pilotos son más impersonales, anónimos. Incluso ausentes; aviones tripulados a distancia y misiles de largo alcance, bombas “inteligentes” seguidas en tiempo real y guiadas por satélite son ya la norma. Es un tipo de conflicto más cruel, los atacantes no viven la realidad de lo que dejan sus bombas tras de sí, la destrucción de la propiedad civil y la muerte de inocentes, niños muchos de ellos, sigue siendo tan brutal como hace 70 años. O yo diría que peor, porque parece que no hemos aprendido nada de los conflictos anteriores, excepto a ser más destructivos.

Tigre

La mascota de American Volunteer Group, el “tigre volador” diseñado por Disney, que adornaba el fuselaje de sus aviones.

 

Hoy los pilotos de las naves de guerra no tienen rostro popular, ya no son los héroes de aquellas épocas casi románticas y caballerosas, donde al menos, en medio de la insensatez de la guerra, se abrazaban causas verdaderamente justas en pro de la libertad. Hoy las computadoras hacen la mayor parte del trabajo y los tripulantes son, casi, tan solo espectadores de esas bombas terribles que caen casi siempre donde no hay defensa, donde prácticamente no hay antiaérea que los rete ni cazas que los enfrenten. Es prácticamente un crimen como se ha bombardeado en los últimos años a Irak, Afganistán, Siria y algunos puntos de África... ¿Cómo ver a esos pilotos como héroes?

Pero la Segunda Guerra Mundial fue diferente, para los aviadores que la pelearon había más retos y peligros, y sobre todo, una motivación más noble, una lucha genuina por la libertad, incluso por la supervivencia, que humanizaba pese a todo, el actuar violento de los jóvenes actores de tan tremendo suceso.

Jóvenes de todas las naciones, incluso mexicanos, claro, se unieron a las escuadrillas internacionales de la Real Fuerza Aérea para detener, apenas a pulso, el embate de los nazis y así, épicamente, mantener las esperanzas del mundo libre. Spitfires simbolizando la libertad contra angulosos Stukas, como esvásticas volantes, representado a las fuerzas del mal. De un encontronazo así es normal que surgieran los héroes, con rostro y nombres definidos, que hoy son leyendas de la aviación, y que con el tiempo se han ido desvaneciendo y que poco a poco los años se han llevado.

De entre todos estos grupos de pilotos aliados, me resultan fascinantes las aventuras de los “Tigres Voladores” y, por sentirlos más cercanos, las de las “Águilas Aztecas” del Escuadrón 201.

El Grupo de Voluntarios Americanos (AVG por sus siglas en inglés) se organizó antes de que Estados Unidos entrara a la guerra. Para efectos prácticos eran mercenarios reclutados por el gobierno de la China Nacionalista para combatir la feroz embestida de las fuerzas imperiales japonesas. Motivados en parte por la jugosa paga y la sed de aventura, la mayoría de estos 100 pilotos se conmovieron con las atrocidades que los japoneses cometían contra los civiles chinos y la forma en que a mansalva bombardeaban ciudades indefensas, así que se tomaron el pleito personal, por supuesto aún más después del ataque a Pearl Harbor.

Con muchas limitantes de recursos, operando desde campos aéreos donde escaseaba de todo, con gran espíritu pintaron amenazadoras fauces en las trompas de sus cazas Curtiss modelo H81-A3 Tomahawk (versión de exportación del P-40B/C) y pronto se ganaron el mote de “Tigres Voladores”.

Aunque sus hazañas y éxitos fueron muy exagerados por la prensa, se convirtieron en un símbolo de esperanza que levantó la moral del mundo libre cuándo las malas noticias eran la norma en todos los frentes, incluso Walt Disney les diseñó un emblema de tigre con alas que ayudó a hacerlos más populares y glamorosos, tanto como el homenaje que John Wayne les rindió en una de sus películas más exitosas, obviamente titulada “The Flying Tigers”. Sin embargo, pese a tanta publicidad, glamour y aventuras exageradas, la forma en que enfrentaban con sus cazas a los disciplinados bombarderos japoneses en mortales duelos para impedir que lanzarán sus cargas contra las ciudades chinas y birmanas fue real.

Hoy, de los 100 pilotos que formaron este grupo de valientes, entre los que estaban individuos legendarios como David “Tex” Hill o “Pappy” Boyington, solo sobrevive Carl Kice Brown, de 95 años de edad. Brown aprendió a volar en la Armada americana, se alistó con el AVG y participó en el famoso primer combate del 20 de diciembre de 1941.

Doctor

El Dr. Brown, en la actualidad, acompañado de su hija.

 

Sobrevivió para volar aviones de transporte sobre la peligrosa ruta de “la joroba” en los Himalayas, pero más hermoso es que este último caballero del aire, tras la guerra, ha dedicado su vida a la noble tarea de salvar vidas y aliviar el dolor, titulándose como médico y logrando una destacada carrera en el mundo de la salud, tanto así que se le identifica más como Doctor que como el último “Tigre Volador”.

México no estuvo ajeno al compromiso de luchar junto a las Naciones Unidas contra el fascismo. Se decidió mandar a los frentes a un pequeño contingente integrado por lo mejor de la juventud mexicana, una unidad de élite de tan solo 34 pilotos, los mejores pilotos del país: veteranos de la línea aérea postal, instructores de la Escuela Militar de Aviación, pilotos de pruebas y con cursos de vuelo en el extranjero.

En principio se les llamó Grupo de Perfeccionamiento Aeronáutico, pero después se les bautizó como Escuadrón Aéreo de Pelea 201 de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana (FAEM). En la capacitación en Estados Unidos para especializarse en el manejo de los caza bombarderos Republic P-47D Thunderbolt se les calificó considerablemente por encima del promedio en juicio, técnica, aterrizajes y despegues, mientras que se les consideró de excelentes a superiores en vuelos en formación. Fue en esta etapa que enfrentaron estoicamente su primer batalla, contra el racismo imperante en Texas hacia los mexicanos, a los que no se les permitía la entrada a algunos restaurantes y lugares públicos, pese a ser oficiales aliados. También perdieron a los primeros dos compañeros en accidentes operacionales.

Tiro

Carlos Garduño, a la extrema derecha, sosteniendo una manga de práctica de tiro aéreo, que muestra los impactos logrados por los pilotos del Escuadrón 201 en entrenamiento.

 

La FAEM partió en 1945 al lejano oriente a luchar por liberar a las Filipinas y Taiwan (conocida antes como Formosa) que estaban oprimidas desde el principio de la Guerra del Pacífico por el yugo de los imperialistas japoneses y, al igual que los “Tigres Voladores”, adoptaron como emblema un personaje de Walt Disney: el alegre y valiente “Pancho Pistolas”.

PanchoP

“Pancho Pistolas”, mascota del famoso Escuadrón 201 de la FAEM, pintado en el ala de un avión japonés.

 

Realizaron más de 90 misiones de combate de todo tipo entre el 4 de junio y el 9 de julio de 1945, más un ataque al puerto de Karenko el 8 de agosto, en las que lanzaron 1,457 bombas y dispararon 166,992 balas calibre 0.50” contra el enemigo.

De los 32 pilotos que volaron misiones de combate, 4 murieron en el lejano Oriente, al estrellarse en las difíciles condiciones en que volaban, lo que junto a las dos bajas en entrenamiento, en total representó la pérdida de casi 18% de los pilotos, testimonio del peligro que enfrentaron en esta aventura por la libertad.

Tras la guerra estos hombres se convirtieron en pilares de la aviación civil y militar, sirviendo en las principales aerolíneas y compañías de aviación privada y oficial. Hoy día sólo uno de ellos sobrevive al inmisericorde paso de los años: Carlos Garduño Núñez.

Carlos Garduño fue un joven que creció en la calle de Medellín en la colonia Roma de la Ciudad de México, enamorado de la aviación, que por su gran capacidad fue enviado por la Fuerza Aérea Mexicana a a Estados Unidos, a especializarse como piloto naval de bombarderos en picada Douglas SBD Dauntless, y cuando se formó el Escuadrón 201 se integró a él como piloto de caza con el grado de Teniente.

En combate fungió como comandante de la Escuadrilla “B” y fue de los sobrevivientes el que quizá tuvo el encuentro más cercano con la muerte, pues durante el despegue en una misión de ataque sufrió un terrible accidente en el que apenas y escapó de su avión en llamas, rescatado inconsciente por sus valientes compañeros, pero sufriendo horribles quemaduras que lo dejaron prácticamente incapacitado.

Coronel Garduño

El Coronel Carlos Garduño Núñez es el único sobreviviente de los pilotos del Escuadrón 201 que luchó en las Filipinas durante la segunda guerra mundial.

 

Logró recuperarse y tras la guerra continuó su carrera, siendo piloto Presidencial en la gestión de Adolfo López Mateos y Jefe de Pilotos del Banco de México, donde voló el famoso bimotor North American B-25 Mitchell.

Hoy, Garduño al igual que Brown, son parte de los ya muy pocos verdaderos pilotos de combate, los últimos de una camada de auténticas leyendas vivientes, que dieron sentido a sus hazañas aéreas dedicándolas a gestas superiores, de paz y libertad. Quizá hoy, ya muy canosos y de reflejos lerdos, estos veteranos se pregunten si valió la pena, si la humanidad cambiará, si algún día será justa y vivirá en paz...