América Vuela
Noviembre 18 ,2019

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Con la opinión de Héctor Dávila

Con el buen sabor de boca que nos dejó el día anterior la publicación del Decreto Presidencial creando la Agencia Federal de Aviación Civil (AFAC), vimos al presidente Andrés Manuel López Obrador jubiloso en Santa Lucía, casi radiante, en una ceremonia que parecía propia de un triunfo militar, con bandas de música, helicópteros remolcando banderas y equipo pesado mostrando el músculo, esponjándose tras vencer 140 amparos y al fin dar el banderazo de inicio de la construcción del tan traído y llevado nuevo aeropuerto internacional civil, en los terrenos de la base militar, en un acto que pudiera también considerarse como el simbólico funeral del proyecto del Texcoco.

Pero el contento le duró poco al Presidente, porque para la tarde, como todos sabemos, la capital de Sinaloa ya era un caótico campo de batalla. Sin embargo se preguntarán: los acontecimientos en Culiacán, que se robaron la sonrisa que el Presidente y su gabinete traían después de la fiesta en Santa Lucía, ¿qué tienen que ver con la aviación?  Bueno, además del hecho inédito de que aerolíneas como Volaris, Aeroméxico y Viva Aerobus cancelaran varios vuelos hacia y desde esa ciudad norteña, como cuando se trata de un territorio en guerra, creo que la aviación debería tener un papel fundamental en la estrategia de seguridad nacional, como más adelante explicaré...

Pero regresando al principio, francamente me extrañó mucho que el gobierno no festejara con más bulla el Decreto de la AFAC, pues oficialmente no se vio casi nada sobre el asunto y creo que dar ese paso fue algo realmente trascendental para nuestro país, que tiene una aviación comercial que crece espectacularmente (más del 60% durante el último lustro, quizá como ninguna otra industria), que además, y pese a todos los retrasos que ha sufrido, cuenta con la más grande y rentable infraestructura aeroportuaria de América Latina, mientras que la flota mexicana de jets ejecutivos destaca como la segunda más grande del mundo, sin mencionar que existen en servicio más de 750 helicópteros civiles, unos 500 aviones agrícolas y más de 4,500 aviones ligeros con matrícula mexicana, servidos por casi 300 talleres de mantenimiento y 180 escuelas de aviación operando por todo el país, industria que da empleo a más de 50 mil personas, casi la mitad de ellas en las líneas aéreas comerciales.

Pero es entendible que López Obrador dedicara todos sus afectos a su nuevo aeropuerto, que ya se llama oficialmente "General Felipe Ángeles", porque le ha costado mucho trabajo impulsarlo, y aún habiendo dado luz verde a su construcción existen todavía muchas voces que se le oponen, como la del Colegio de Pilotos Aviadores de México AC, que hizo pública una carta al día siguiente en la que manifestó ver con “desagrado” el inicio de esta obra, por no conocerse estudios aeronáuticos que avalen la seguridad en las operaciones aéreas para este proyecto.

Pero el interés público sobre este tema, junto con el de la AFAC, se ha quedado pendiente bajo la sombra de las acciones violentas de la delincuencia organizada, no solo en Sinaloa, también en otros estados como Guerrero y Michoacán, donde desde los huachicoleros hasta los narcotraficantes han estado causando cada vez más daño al país.

En muchas ocasiones, en este y otros medios, he criticado la pobre visión del gobierno mexicano sobre el empleo de la tecnología aeroespacial en el ejercicio de la importante labor de seguridad, insistiendo en que toda estrategia moderna de defensa a nivel mundial se basa en la premisa de que teniendo el control del cielo se tiene el control del suelo, concepto que está más vigente que nunca y que parece que ha sido ignorado en México, ya que la vigilancia del y desde el espacio aéreo, con tecnología de punta, no ha sido prioritaria, mucho menos el empleo correcto de los recursos aéreos para el combate a la delincuencia, pues existe una grave carencia de herramientas modernas de vigilancia, detección e interceptación en este país, ya que no se tienen satélites de observación de la tierra, se dispone de muy pocos drones, aún menos aviones de vigilancia electrónica e interceptores y apenas hay radares suficientes para cubrir un tercio del territorio, además que las aeronaves que se usan como de combate son en realidad inadecuadas para este rol.

Con la tecnología correcta se pueden vigilar con gran efectividad los movimientos de la delincuencia organizada, ubicar sus bases y recursos y hasta atacarlos con precisión evitando daños colaterales a civiles, pero la Fuerza Aérea Mexicana (FAM) y la Armada de México tienen muy pocos vehículos aéreos no tripulados y la mayoría de ellos son apenas algo más que juguetes, muy lejos de los equipos modernos que se usan para tal fin a nivel mundial, mientras que la FAM solamente usa unos cinco o seis aviones con radares y sensores electrónicos de vigilancia que en conjunto pocas veces realizan más de 17 misiones por mes, con menos de 5 horas de vuelo por misión, por lo que es obvio que la delincuencia organizada tiene amplísimo margen para moverse y operar por tierra y aire sin ser detectada.

Este tipo de tecnología es fundamental en la actualidad para apoyar las actividades de Inteligencia, cuya carencia es lo que más se ha criticado en los fallidos operativos de las fuerzas mexicanas como el que vimos en Culiacán, pero de los que abundan otros casos, como el del helicóptero EC.725 Cougar de la FAM derribado en Jalisco el primero de mayo del 2015, en el que murieron 9 militares y policías, cuando se enfrentaron a una fuerza de delincuentes con poder de fuego superior, en un muy claro ejemplo de la pésima ejecución de una misión subvalorando la capacidad de los agresores, por culpa de una muy deficiente labor de Inteligencia Militar.

No es posible que en México las fuerzas del orden aún se tengan que cuidar de las emboscadas en los caminos como si fueran ataques de villanos en tiempos medievales, la tecnología es la mejor opción para salvar vidas y vencer a los delincuentes. Incluso en caso extremo de tener que usar la fuerza letal, la aviación moderna representa la opción más eficiente, pues existen armas teleguiadas de gran precisión, que destruyen al enemigo como quirúrgicamente se hace con un tumor, minimizando al máximo el daño colateral, pero en México se sigue privilegiando en este sentido armamento aéreo que en otros países se considera de práctica o para otros escenarios.

Quizá me dirán que dicha tecnología es muy cara, pero la verdad es que las fuerzas mexicanas han derrochado verdaderas fortunas en equipo innecesario. Ya he criticado mucho la compra de tantos aviones de entrenamiento "disfrazados" de aviones tácticos, como los T-6C Texan ll, por los que por cada uno, incluyendo "suministros y servicios asociados" se pagaron 14 millones de dólares, y fueron más de 60 ejemplares, lo que significó un gasto de 840 millones de dólares en aviones para equipar escuadrones de combate que no pueden combatir contra nada, porque además no han podido ser artillados. Con todo ese dinero, sin contar otro tanto gastado en lujosas aeronaves ejecutivas, fácilmente se podrían haber adquirido equipos muy adecuados para las misiones de seguridad que realmente se requieren en México, pero tristemente impera una visión obsoleta del uso del Poder Aéreo entre los mandos, que aún creen en el uso de limitados entrenadores básicos con armas no guiadas, que quizá de algo servían en los conflictos contra insurgencia en zonas selváticas y a campo abierto de las décadas de 1950 a 1980, pero desde hace más de 20 años es bien sabido que las amenazas más graves están en situaciones de combate urbano, como se vio en Culiacán, y para eso, lamentablemente, nuestra aviación militar y policial no están debidamente equipadas.


Saludos

Héctor Dávila

 

Culiac

 

 

 

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