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El importante, sostenido y aparentemente imparable crecimiento de la aviación mundial ha tenido embelesados durante años a los fabricantes de aeronaves, con las optimistas proyecciones que se estiman por la demanda futura de aviones de todo color y sabor.

Sin embargo, el camino que parecía facilito y de bajada empieza a tornarse algo más escarpado y accidentado. Parecía que el único obstáculo, con tan jugoso mercado a la vista, era buscar la manera de joder al competidor directo, si es que lo hubiese, porque competencia ya no hay mucha...

Y así Boeing se la ha pasado demandando ante la Organización Mundial de Comercio a su archirrival (ya saben cuál) por supuestamente recibir más de 22 mil millones de dólares en subsidios ilegales, y el que persevera alcanza, pues el mes pasado obtuvo al fin un histórico fallo a su favor. Pero a Airbus como que ni le importó, y se mofó presumiendo que sí se portó mal, pero "nomás tantito", pues 94% de los reclamos de Boeing no prosperaron...

Y como para hacer enojar más a los "gringuitos", la súper empresa europea se lanzó al rescate de la canadiense Bombardier para encargarse del polémico proyecto del CSeries, de cuál ya es la mera mera.

Por su parte Boeing contraatacó queriendo casarse con Embraer, y aunque las negociaciones se están complicando un poco alrededor de cómo encontrar la fórmula para que las divisiones militar y ejecutiva de la brasileña queden fuera del acuerdo, ambas partes están muy contentas y esperanzadas en que antes de que acabe el año se concrete el enlace.

Con estos acuerdos, las duplas Airbus-Bombardier y Boeing-Embraer se perfilan como los más impresionantes mega imperios productores de aviones de todos los tiempos, sin embargo hay un peligro que no tenían previsto y que parece que va a ralentizar su pronunciado ascenso, y no hablo precisamente de las guerras y vetos comerciales que quiere desatar Trump y que ya tiraron a la basura las jugosas ventas por cientos de aviones que se tenían pactadas con Irán.

Me refiero al nuevo problema inherente a cumplir con los avances tecnológicos que con tan apretada competencia los fabricantes ofrecen a sus clientes. Y es que la tremenda sofisticación de los aviones modernos, que los hace por supuesto más seguros y eficientes, significa también un reto muy complejo de superar, dada la enorme dispersión y cantidad de componentes y proveedores de alta tecnología, de verdadera vanguardia, que se requieren.

Así vemos con más frecuencia cómo los súper nuevos aviones entran en servicio sin estar cabalmente probados y presentando fallas cada vez más críticas, como las que hicieron padecer a Boeing con las problemáticas baterías de iones de litio de sus 787 Dreamliner cuando recién entraron en servicio, o el "oso" de los problemas de los motores de los Airbus A320neo que provocó que incluso Lufthansa declinara ser el cliente de lanzamiento. O como las innumerables fallas y retrasos con los transportes militares A400M, que le han costado a Airbus millones en penalizaciones y tienen muy molestos a los clientes alemanes, españoles y franceses, estos últimos incluso han tenido que pasar la pena de comprar Hércules a Estados Unidos para paliar la falta de aviones producto de los incumplimientos de la consentida firma europea.

Actualmente Boeing tiene un tremendo dolor de cabeza con las deficiencias en la durabilidad de los álabes de las turbinas de los nuevos motores Trent 1000, que tienen a más de 30 aviones 787 Dreamliner en tierra, con sus dueños verdes del coraje, y aunque Rolls-Royce aumentó al triple su capacidad para lograr arreglar 20 aviones a la vez, se espera que en las próximas semanas el promedio de aviones parados al mismo tiempo por este lío sean más de 50 y que, dado lo complejo que es desarrollar nuevas piezas que no fallen, no habrá una solución definitiva al problema hasta el 2019.

Y Airbus también está en problemas, las constantes fallas técnicas y retrasos con los motores para sus A320neo han llegado al nivel de tener que reconocer que para fines de este mes podrían tener hasta cien aviones terminados sin poder entregarlos a los clientes por falta de motores, y aunque dicen tener "ya casi" resuelto este grave problema, el costo por el manejo de las entregas de los aviones aumentará considerablemente.

Simplemente la industria no está pudiendo producir tantos sistemas tan sofisticados y con calidad al ritmo necesario, y las prisas y presiones por los tiempos de entrega sólo son un ingrediente más para que las cosas salgan mal.

Un ejemplo perfecto para ilustrar el gran problema que implica la inmensa complejidad tecnológica inherente a la producción de un diseño tan moderno es el avión de combate de quinta generación Lockheed-Martin F-35 Lightning II, que se supone es uno de los más nuevos exponentes de la aviación militar, cuyo desarrollo ha costado más de 1.5 billones de dólares (lo que en inglés son trillions) y que tras innumerables retrasos y sobreprecios está entrando penosamente en servicio llevando a cuestas la losa de ser el proyecto aeronáutico más caro del Pentágono junto con la vergüenza de que los casi 300 aviones fabricados son una calamidad, presentando cada aparato más de 966 fallas y deficiencias. De hecho la Real Fuerza Aérea de Inglaterra está "pasando bilis", pues apenas recibió cuatro nuevos F-35 (que le costaron 123 millones de dólares cada uno) y los cuales presentan más de 100 fallas críticas, es decir, del tipo que podrían poner en riesgo la seguridad.
Y lo peor es que Lockheed-Martin, que tiene que construir entre 70 y 110 de estos aviones anualmente durante los próximos 12 años, no encuentra cómo resolver tantos problemas técnicos.

Así pues, queda claro que una cosa es desarrollar nuevas y sorprendentes tecnologías, y otra muy distinta es lograr incorporarlas de forma confiable y a tiempo a líneas de producción de aviones que tienen que estar volando de acuerdo a una agenda rigurosa.

Los nuevos mega consorcios aeronáuticos, con sus complejas redes de suministros y proveedores están empezando a padecer algo que en la historia de la aviación quizá no se había previsto: que se estén desarrollando y vendiendo tecnologías a un ritmo que no se puedan incorporar con seguridad en el producto terminado.

El costo de las deficiencias en estos productos tan avanzados representan un impacto muy grande, ya que las aerolíneas y fuerzas aéreas no pueden darse el lujo de no poder volar sus nuevos equipos mientras esperan las soluciones de los proveedores a tantos problemas imprevistos.

Pareciera que la guerra comercial entre los fabricantes se concentró más en lograr mayores pedidos y ponerle zancadilla a los competidores que en garantizar la calidad total de los nuevos aviones, y esto ya se convirtió en un nuevo y descomunal reto para la industria aeroespacial, y que de paso abre nuevas ventanas de oportunidad a otras potencias industriales, que quizá se están gestando en Asia...

Saludos


Héctor Dávila

 

Trent

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