En aeronáutica nos encanta hacer pronósticos, sobre todo para presumir con gran optimismo lo promisorio del crecimiento que se proyecta en los próximos años para todos los segmentos de esta industria. Pero hay que aceptarlo, también hay nubarrones de tormenta, espantosos "cumulonimbus" que amenazan la ruta y que hoy toman la horrible y rechoncha forma de Donald Trump.

Y es que al Presidente norteamericano se le siguen ocurriendo formas cada vez más locas para desatar una guerra comercial global, y ahora se empeña en imponer un arancel del 25% a las importaciones de acero y del 10% al aluminio. El mundo entero está horrorizado por las consecuencias si se aprueba semejante salvajada, especialmente por que la medida se plantea pareja, sin excepción para ningún país, pese a que se creía que Canadá y México podrían librarse del impuesto.

La opinión entre los más entendidos actores de nuestra industria manufacturera sobre el impacto de esta medida y las complicaciones de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), son contradictorias: unos afirman que aún sin TLCAN a corto plazo no hay riesgos por qué preocuparse, mientras que unos más están muy preocupados por las que podrían ser consecuencias muy negativas.

El primer escenario se sostiene por la enorme inercia que las impresionantes inversiones en la llamada industria aeroespacial mexicana llevan desde hace varios años, tan solo Safran, que recientemente adquirió Zodiac, opera unas 20 plantas en el país y ha comprometido inversiones que darán empleo a 12 mil personas, una infraestructura en la que se ha invertido mucho y, como dijo Phillippe Petitcolin, director del Grupo Safran, sin mayor riesgo pues las condiciones en cualquier parte del mundo sufrirán los mismos obstáculos políticos, pero enfatizó que la mano de obra mexicana, comparada por ejemplo con la china, es mas creativa, ya que comentó que si bien los chinos hacen bien el trabajo y nada más, los mexicanos intentan hacerlo mejor...

En pocas palabras la seguridad de las inversiones se basa en la mano de obra calificada pero barata. La pregunta obligada es ¿realmente queremos eso?
Porque la industria aeronáutica en México es esencialmente maquiladora, no es proveedora de tecnología, es más, ni siquiera es mexicana, es una industria extranjera establecida aquí para explotar las ventajas fiscales y sobre todo los bajos costos laborales. No digo que eso sea malo, las más de 57 mil personas que se emplean son un importante progreso, ¿pero realmente queremos tener empleos a granel, aunque estén remunerados a valores menores que los mundiales? ¿O queremos una verdadera industria aeroespacial, de integración y desarrollo tecnológico como la que tiene Brasil? ¿Qué es mejor a largo plazo? ¿Qué nos conviene?

Y es que como he dicho antes, pese a que funcionarios de organizaciones como Proméxico se han querido colgar gran parte de las medallas del "boom" de la industria aeroespacial mexicana, mientras se pasean a todo lujo por el mundo a costa del erario, es importante entender que este crecimiento se ha dado de una forma más bien orgánica, alimentado principalmente por las condiciones naturales de competitividad que ofrece geográfica y socioeconómicamente México, y precisamente en esas mismas ventajas reside su fragilidad, pues un cambio de reglas como las que amenaza Estados Unidos podrían quitarnos gran parte del atractivo. No hay que olvidar que aún no producimos mucha de la materia prima que demanda la industria aeroespacial, como el titanio o el kevlar, ni tampoco somos dueños de las patentes de los productos que fabricamos, son lo accesible de nuestra mano de obra y la cercanía con Estados Unidos, bajo la sombrilla del TLCAN, los factores que han atraído las inversiones extranjeras, y la pérdida de estos factores tan atractivos podrían frenarla.

Algunos piensan que basta con la solidez de las inversiones ya existentes para aguantar los cañonazos de la inminente guerra económica norteamericana; por ejemplo Craig Breese, presidente para Latinoamérica de Honeywell, estima que un aumento de unos 5 millones de dólares en impuestos a sus productos al año no serían un obstáculo insorteable, pero sí se preocupa por la escasez de mano de obra calificada y la falta de materias primas que se han detectado en México y que con una posible desarticulación del TLCAN podrían empeorar.

Y es que uno de los riesgos de capacitar eficientemente la mano de obra de una industria tan global, pagarle poco y limitarla a un entorno principalmente manufacturero, es que este personal capacitado migre hacia los países que integran los productos finales, donde se crean los diseños y se inventan las patentes y dónde, sobre todo, se les paga mejor.

Por tanto en esta coyuntura es primordial fortalecer las cadenas de suministro e impulsar el desarrollo de capital humano altamente capacitado, pero muy bien remunerado. Y algo muy importante: que los encargados de promover nuestra industria dejen de tomar tanto champán en los foros internacionales, presumiendo lo que no tenemos y se enfoquen en impulsar una verdadera industria aeroespacial mexicana, que no dependa de tantos caprichos externos, una como la de Brasil o al menos como la de Suiza, aunque por desgracia creo que esto último ya solo podría ser posible si en el próximo sexenio se ponen en los puestos clave a personas más capaces y menos tranzas.

Sin embargo, debo reconocer que no todo lo que hace el gobierno se hace mal; por ejemplo ahí está el resultado del esfuerzo de Querétaro, que ha logrado atraer casi el 50% de toda la inversión de industria aeroespacial vertida en el país, gracias en gran medida a que previeron la importancia de disponer de personal capacitado y por tanto desarrollaron con gran éxito modelos para la formación de profesionistas especializados en las necesidades de las plantas que ahí se han instalado. Sin duda un éxito encomiable.

De momento las nubes negras siguen preocupándonos, la posible desintegración del TLCAN, las amenazas de gravar la importación/exportación de las materias primas esenciales e incluso la incertidumbre del proceso electoral, han puesto en pausa el crecimiento de la industria aeroespacial mexicana. Incluso integrantes de la Federación Mexicana de la Industria Aeroespacial AC (FEMIA) señalan una obvia desaceleración en el primer trimestre del 2018, que apunta a que los resultados no se acercarán a los obtenidos en el  mismo periodo de 2017. Así las cosas, este año se espera un crecimiento moderado, lo cual no es mala noticia, pero no perdamos de vista que la mayoría de los asuntos que podrían afectar negativamente al sector están aún por resolverse.

Todo el sexenio el gobierno se ha regodeado presumiendo el espectacular crecimiento en las exportaciones de componentes aeronáuticos que los empresarios mexicanos han logrado con su esfuerzo, casi 8 mil millones de dólares el año pasado. Sin embargo, causa risa entre la comunidad aeronáutica el "chiste" de que el gobierno, cada vez que la "riega" en algo y quiere desviar la atención mostrando buenas noticias, recurre a las cifras del transporte aéreo y la industria aeroespacial. Un cuento irónico pero que nos debe hacer reflexionar sobre el hecho de que tenemos las bases para el desarrollo de una industria aeroespacial sólida, producto del esfuerzo de muchos trabajadores mexicanos talentosos y de la confiabilidad que los inversionistas extranjeros ven en ellos, que pese a sufrir con la tutela de un gobierno muchas veces corrupto y otras tantas inepto, es indiscutiblemente una industria que disfruta de los mayores potenciales nacionales.

Se desate o no la guerra comercial que tanto se teme, es imprescindible potenciar nuestro capital humano especializado en el sector aeronáutico-aeroespacial, y posicionarlo muy por encima de simple mano de obra barata. El reto está a la vista y quién quiera que sea el que tome las riendas del País a finales de este año, tiene que saberlo y entenderlo.
De ser así, ganaremos mucho más que una guerra comercial...

Saludos

Héctor Dávila.

 

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